25 Oct 2020

De datos y luditas

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Cuando falta el poder está la picardía. A veces esas pequeñas, pícaras victorias, no son más que actos simbólicos que tiñen de alegría el imaginario popular. Un carnaval en febrero, un gol con la mano a una potencia invasora, o una canción ocultamente crítica a un gobierno de facto. Pero otras veces la picardía de David vence a Goliat, y produce victorias parciales o totales en el plano material. Frente a la invasión del ejército Napoleónico a la península ibérica, ejército mucho más grande y poderoso que el español, la respuesta local fue aprovechar su mayor movilidad y conocimiento del terreno para dar ataques veloces y desgastantes sin confrontarlo directamente. Hoy, frente al aumento del poder de acumulación de datos en un oligopolio informático, se plantea una nueva forma de pícaro contrapoder: ¿y si logramos confundir los algoritmos? ¿y si dedicamos parte de nuestro tiempo en línea, en forma personal o automatizada, a llevar a cabo actividades aleatorias que generen ruido en nu estro perfil digital? ¿serviría de algo? ¿o sería contraproducente? ¿qué papel jugaría a nivel material?

A principios del siglo XIX la automatización de una serie de tareas en torno a la manufactura implicó la obsolescencia de una enorme porción del trabajo artesano. Por supuesto que las máquinas aumentaban el poder productivo social, pero el beneficio se distribuía de manera profundamente asimétrica. Para quienes eran artesanos previamente, la existencia de las máquinas había empeorado significativamente sus condiciones de vida. Había una solución de corto plazo, que por parecer prometedora, dio inicio a una corriente de actividad política. Si los viejos artesanos pasaban a trabajar en las fábricas, tenían contacto directo con las máquinas, y podían dedicarse a boicotearlas, a malearlas, a destruirlas. En principio, si esta actividad cobraba escala, podría servir para recuperar sus condiciones materiales anteriores, que por lo menos permitían una vida relativamente digna. Esta corriente de pensamiento se denominó ludismo, y fue vituperada tanto por corrientes defensoras del incipiente capitalismo, como por corrientes críticas hacia él, que consideraban infantil la actividad ludita. Para el capitalismo, por supuesto, la destrucción de máquinas era una barbaridad, que no sólo destruía poder productivo sino que también violaba los sagrados principios de la propiedad privada. Para corrientes anticapitalistas, el ludismo era un error estratégico: las máquinas eran poder productivo, indiscutiblemente. Destruirlas era errar, el objetivo debía ser el distribuir su beneficio.

La acumulación de datos también es poder productivo, o por lo menos puede serlo. Tener datos sobre una gran porción de la población es tener tecnología, es decir, puede servir como herramienta para mejorar la capacidad productiva de una sociedad. Los datos médicos de mucha gente permiten mejorar la capacidad de diagnóstico y tratamiento de distintas enfermedades. Los datos de movilidad y contacto permiten rastrear y prevenir epidemias. Los datos de consumo y producción permiten llevar a cabo planificaciones más eficientes en materia de logística. Los datos de uso, críticas y preferencias en torno a distintos dispositivos agilizan la innovación y la mejora en su diseño. Corromper este poder con actividad de confusión se parece mucho al ludismo. Destruiría poder productivo social en lugar de buscar distribuirlo. Generar datos médicos falsos o aleatorios podría ser tan perjudicial como compartir noticias falsas sobre el covid y la pandemia.

Pero la acumulación de datos también genera otro tipo de poder, no productivo, sino político y social, poder sobre personas. Una enorme parte del interés en la acumulación de datos tiene fines publicitarios, de marketing, y potencialmente de propaganda. Refinar un perfil digital de una persona o de una sociedad permitiría, eventualmente, afectar sus emociones y actitudes. Si este tipo de tecnologías se perfecciona, su poder de acción no tendría por qué limitarse a actividades de interés comercial. En principio, podría aumentar considerablemente el poder de manipulación de la opinión pública por parte de un grupo reducido de corporaciones informáticas. ¿Cuánto de esto es preferible, y cuánto es definitivamente negativo? Por supuesto que la publicidad dirigida nos puede ser beneficiosa. Muchas veces me han recomendado productos y servicios en internet, a partir de mi actividad en línea, que no conocía y me gustó haber conocido. Prefiero eso a perder tiempo viendo publicidades de cosas que no me interesan en absoluto. Pero lamentablemente, también pierdo mucho tiempo viendo cosas en internet, que me son recomendadas, que capturan mi atención, y que me son completamente inútiles. Y por detrás de eso hay estudios que optimizan esta capacidad y que se basan en gran medida en los datos que genero y generamos. Sin duda que me gustaría confundir a esos algoritmos. Sólo me significaría un beneficio el lograr debilitar ese poder sin destruir capacidad productiva alguna. Y ni hablar del poder potencial, aún teórico en gran medida, de usar desarrollos a partir del análisis de datos para ejercer poder político positivo de socialización e influencia en creencias y actitudes.

Por supuesto que estos dos modos de poder que brindaría la acumulación de datos, es decir, el productivo y el de manipulación, no son mutuamente excluyentes. De hecho, en casi todos los casos, es un poder de doble filo, aunque en diversas ocasiones pesa más uno que otro. El problema es que, como ya se ha mencionado, en varias situaciones el ludismo de los datos puede ser un camino peligroso. Pero muy probablemente también sea peligroso permitir, pasivamente, la acumulación de este segundo poder cuando nos es técnicamente evitable, cuando el ruido nos podría proteger.

Tenemos enfrente un problema de investigación y diseño difícil pero interesante. Si lográramos aislar e identificar entornos de acumulación de datos en que prime esta segunda forma de poder, y si pudiéramos diseñar, de manera responsable e informada, algoritmos de contrapoder de acumulación de datos, es posible que obtengamos soluciones a un problema incipiente y de alto riesgo sin caer en el ludismo. La asimetría de poder no tiene por qué desalentarnos. Tendrán toda la fuerza los gigantes; de este lado se palpita picardía.


Escrito por: Juan Fernández Zaragoza

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