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¿Cómo percibimos el color?
Y otras cuestiones que desconciertan a la filosofía
Bienvenidos al cuarto de Mary. Ella es una científica brillante que está, por alguna razón, forzada a investigar el mundo dentro de un cuarto monocromático. Además, sólo puede conocer el exterior a través de un televisor que transmite en blanco y negro. Mary se especializa en neurofisiología de la visión y conoce toda la información física disponible de lo que sucede cuando observamos el cielo o una manzana. Sabe qué combinación exacta de ondas electromagnéticas del cielo estimulan la retina para ver el color azul; también sabe usar correctamente palabras como «rojo», «azul» o cualquier otra referencia al color. Ahora bien, ¿qué sucederá cuando Mary sea liberada de su cuarto blanco y negro? ¿O cuando se le dé una televisión a color? ¿Aprenderá algo que no sabía? Parece obvio que al menos aprenderá algo nuevo sobre el mundo exterior y nuestra experiencia visual de él. En ese caso es innegable que su conocimiento previo era incompleto. Pero, ¿no se supone que tenía toda la información física disponible? Quizás la información física no es suficiente para saber todo acerca del mundo.
Lo que acabas de leer es parte de un experimento mental clásico en la filosofía de la mente, propuesto originalmente por Frank Jackson en 1982 para intentar refutar el fisicalismo, es decir, la posición que sostiene que todo lo que existe ―incluso la mente― se puede reducir a procesos físicos cuantificables (aunque aún no tengamos las herramientas suficientes para ello). Si el fisicalismo fuese verdadero, según Jackson, alcanzaría con reconstruir el mundo a partir de los datos científicos que recolectamos, aún cuando no hayamos experimentado nada del mundo exterior.
Un antecedente de esta discusión se remonta al siglo XVIII en la Investigación sobre el conocimiento humano de David Hume. Como empirista, Hume sostenía que todas nuestras ideas (menos las matemáticas, que son un caso aparte) debían provenir sí o sí originalmente de nuestros sentidos. Esto incluye todo lo que oímos, vemos, sentimos, amamos, odiamos, queremos… y también lo que percibimos como «color». Prueba de esto es que alguien sin la capacidad de ver no podrá nunca llegar a formarse la idea de ningún color. Del mismo modo, alguien que nunca tuvo oportunidad de oír cierta melodía u oler cierto aroma jamás podrá reconstruirlo a través de su intelecto o su imaginación… ¿O sí?
Es el mismo Hume el que ofrece un contraargumento para demostrar la posibilidad de que las ideas surjan sin ninguna impresión original de base -aunque para nuestro filósofo este caso es tan excepcional que casi no vale la pena tenerlo en cuenta-. Supongamos el caso de un hombre que ha disfrutado normalmente de su vida durante treinta años y se ha familiarizado con todos los colores que hay en el mundo… excepto con un determinado matiz del color azul que, por alguna casualidad, nunca ha encontrado. Si en una suerte de examen de la visión se le colocan en frente todos los matices del azul excepto el que no ha descubierto, es evidente que percibirá un espacio vacío y notará la ausencia de ese matiz. Para Hume, esta persona podría, con su propia imaginación, remediar esa deficiencia y representarse la idea de aquel matiz aunque nunca le haya sido transmitido por los sentidos. Y esto puede servir como prueba de que las ideas simples como el color no siempre se derivan de impresiones sensoriales. Pero profundicemos un poco, pues esto se va a complicar aún más.
El color azul es el último en aparecer en los registros históricos. No me refiero al pigmento o al tinte necesario para pintar objetos de color azul (aunque este pigmento sea escaso en la naturaleza en comparación con el rojo o el verde). Me refiero, en cambio, a la idea, la palabra “azul”. Si bien muchas cosas en la naturaleza pueden considerarse azules, empezando por el mar y el cielo, las civilizaciones más antiguas no parecen distinguir el color azul de otros tonos. Y no porque tuvieran algún defecto en la vista, o una capacidad de ver un poco distinta a la que tenemos ahora, sino porque “azul” no existía en sus vocabularios y por tanto tampoco en sus mentes. Esto es: no existe la impresión del color antes del concepto que pueda nombrarlo. En la historia, los colores nombrados por las distintas civilizaciones siguen un orden casi universal: primero el blanco o negro, luego el rojo, a continuación el amarillo seguido de cerca por el verde, y en un lejano último lugar, el azul.
Para los humanos de la antigüedad, los colores se definían más comúnmente por ser claros u oscuros. El color del cielo, por ejemplo, en los textos griegos es descrito como γλαυκός (glaukós), un color que no se distingue del verde claro. Lo mismo sucede en distintas culturas contemporáneas que reconocen más o menos tonos en la paleta de colores según su lengua les permita conceptualizar. En países angloparlantes, por ejemplo, reconocen fácilmente los colores «cian» e «índigo» por tenerlos bien diferenciados del celeste y el violeta, mientras que a nosotros estos tonos nos parecerían simplemente un «celeste más claro» o un «violeta más oscuro», análogamente a como los griegos percibían el azul.
En el fondo, el desarrollo de cada lenguaje está intrínsecamente relacionado con las condiciones de supervivencia que cada grupo debió enfrentar en su respectivo entorno. En el desierto de Namibia, al suroeste de África, actualmente sobrevive el grupo étnico de los himba; el único de la región que aún sigue sus costumbres tradicionales. Un estudio demostró que tardan un poco más en reconocer el color azul que hablantes de inglés, pero pueden reconocer más rápido hasta diez tonos de verde. Nada de esto sorprendería a Immanuel Kant, pues el gran giro de su filosofía fue haber descubierto que el sujeto constituye el objeto; son nuestros conceptos los que determinan la forma de aparición del objeto o fenómeno. Es decir, si nos faltan medios para nombrar, no tenemos el concepto necesario para referir a ese objeto particular; ergo, no podremos conocerlo.
Como vemos, el hecho de poder experimentar a través de los sentidos influye directamente en nuestra capacidad de conocer, y a su vez, el hecho de poder referir intelectualmente a algo determina también nuestra capacidad de percibir. Siguiendo con el caso del hombre que no conoce el matiz del color azul, o el de Mary que no percibe los colores, Hume diría que en caso de presentarles la información faltante a sus sensaciones, se abriría un cauce para las ideas y ya no encontrarían dificultad para concebir esos objetos. Veamos si esto se cumple en un caso de la vida real: el del «cíborg» humano Neil Harbisson, la primera persona en el mundo reconocida oficialmente como cíborg por un gobierno. Es, además, la primera persona en vivir con una antena implantada en la cabeza.
Neil nació con acromatopsia, una forma extrema de daltonismo que se traduce como ceguera total a los colores. Nunca ha visto ningún color, sin embargo, desde los 21 años, en lugar de ver los colores, puede escucharlos a través de un dispositivo que él llama «ojo electrónico». Su tercer ojo artificial funciona detectando la frecuencia del color que tiene enfrente y enviando esa frecuencia al chip instalado detrás de su cabeza, que luego él percibe como sonido a través de sus huesos craneales. Al principio tuvo que hacer el esfuerzo de memorizar los nombres de cada color, luego tuvo que memorizar las notas musicales asociadas a cada uno, pero después de algún tiempo, toda esta información se convirtió en una percepción única, para luego convertirse en una sensación directa. De este modo llegó a percibir unos 360 colores, los mismos que percibe cualquier persona. Neil dice que una vez que se adaptó a su implemento tecnológico, empezó a percibir con él como con un miembro más de su cuerpo, lo que nos demuestra la enorme plasticidad del cerebro humano. Pero esa enorme plasticidad puede servir tanto para mejorarnos como para empeorarnos.
A finales de las décadas de 1980 y 1990, varias familias en Singapur comenzaron a notar un cambio preocupante en sus miembros más jóvenes. En esa época, para la mayoría de las personas en aquel país la vida había empezado a dar un giro positivo. El acceso a la educación estaba transformando a esa generación y abriendo las puertas a una mayor prosperidad. Pero la búsqueda del progreso empezó a dejar atrás otros aspectos de la vida, como el pasar tiempo al aire libre. Según la BBC, hoy en día, Singapur tiene una tasa de miopía de alrededor del 80%, y ha sido llamada «la capital mundial de la miopía» por varios medios de comunicación. Y lo que es peor, los niños se están empezando a volver miopes a una edad cada vez más temprana. Aquello que inició en un pequeño país asiático hace 40 años ahora pareciera estar propagándose por el resto del mundo a una velocidad sin precedentes. Países con estilos de vida completamente diferentes se han visto unidos por el aumento vertiginoso de las tasas de esta enfermedad visual. Si continúan las tendencias actuales, se calcula que la mitad de la población mundial será miope para el año 2050.
Lo más sorprendente es que la genética sólo juega una pequeña parte en esto. Se cree que el estilo de vida es la mayor influencia. En particular, la falta de tiempo al aire libre y el enfoque en objetos cercanos durante períodos prolongados de tiempo (por ejemplo en la pantalla del celular). Poco a poco, los niños en todo el mundo están pasando a representar el experimento del cuarto de Mary en la realidad, sólo que en lugar de tenues luces en baja definición, ahora conocen el mundo a través de pantallas ultra-HD, lo que hace que sus ojos, que ya han quedado desactualizados respecto de esta tecnología, poco a poco dejen de funcionar.
La miopía se asocia con un nivel socioeconómico más alto. Pero la estrategia de prevención de enfermedades ambientales como la miopía se puede aplicar en cualquier familia u hogar: pasar más tiempo al aire libre. Claro está que Mary necesita finalmente salir del encierro, ejercitar sus ojos, alejarse de las computadoras, y aprender realmente a mirar. Como dice Platón, cuando el filósofo salga por primera vez al mundo real aún tendrá los ojos acostumbrados a la oscuridad de la caverna, y habrá un lento y doloroso proceso de adaptación desde esa primera enceguecedora luz del sol hasta realmente aprender a mirar y encontrar la esencia de lo real.
Hola!
La nota que acabás de leer fue escrita por Lucía Ghisletti. La percepción y naturaleza del color son temas históricos de debate no solo en la filosofía, sino también en la linügística.
La capacidad de adaptación humana a veces se refleja en conceptos que tenemos en abundancia y términos de los cuales carecemos. Por otro lado, en ocasiones el entorno nos excede y lo que podría ser una virtud de adaptación, desemboca en un círculo vicioso. Estos desajustes son una de las mayores pistas que tenemos para identificar si la tecnología nos potencia o nos traiciona.
“Tecnología” es una palabra víctima de su propio éxito. A fines de 2025, la primera asociación con ella suele ser “inteligencia artificial”. Y si bien es necesario ser cada vez más críticxs del alcance de las corporaciones que se disputan ese terreno, es fundamental analizar cómo el desarrollo de otras tecnologías (como la economía o incluso el lenguaje) nos han traído hasta acá.
En la próxima entrega comenzaremos una serie sobre motivación ¿Qué pasa cuando el estado de las redes humanas y digitales no nos lleva a ningún lado, por el contrario, pareciera inhabilitar nuestra creatividad?
Espero que estés cerrando el año en comunidad y con suficiente tiempo al aire libre.
Un abrazo,
Giovanna
Filosofía del Futuro
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