Consumirse por el éxito
Retos virales fatales, academias de ballet e inversiones en IA
Entre 2021 y 2022, murieron cerca de 20 niños por el “blackout challenge”, un reto viral de TikTok que consistía en asfixiarse hasta sufrir un desmayo.
Algunos años antes, el “fire challenge”, que consiste en prender fuego algún combustible sobre la propia piel, causó quemaduras graves y desfiguraciones en adolescentes. Otros retos virales fueron el “benadryl challenge”, que consistía en consumir un antihistamínico en cantidades tóxicas hasta sufrir alucinaciones, arriesgándose a sufrir convulsiones o problemas cardíacos, o el “subway surfing” que consistía en pararse sobre trenes en marcha y fue noticia por causar muertes de jóvenes en Nueva York.
Con desafíos como estos, las plataformas de entretenimiento arrastran adolescentes a arriesgar sus vidas por acceso a la fama. Podríamos decir que este fenómeno nace de caprichos adolescentes, desmesurados e irracionales. Sin embargo, veremos que las actitudes de estos jóvenes son estructuralmente idénticas a algunas tendencias en el mundo empresarial, donde uno esperaría que las personas involucradas tomen decisiones menos caprichosas.
Alrededor de las startups y las grandes empresas también se forjó una cultura que valora arriesgar la integridad física por la probabilidad de éxito. Para esta cultura, trabajar noches enteras sin dormir, o trabajar incluso los fines de semana son sacrificios nobles, parte del precio a pagar para aspirar a la grandeza. En 2013, una cultura similar vinculada al sistema financiero había llevado al pasante Moritz Erhard, de 21 años, a la muerte tras varias jornadas extremas de trabajo casi sin dormir.
La gran escala replica un fenómeno similar. Varias empresas arriesgan su continuidad invirtiendo dinero que no tienen por mejorar sus probabilidades de triunfar. En la actualidad, los negocios vinculados a la IA suman billones (en inglés, trillions) de dólares invertidos y acarrean el riesgo inminente de una burbuja financiera, el equivalente empresarial de arriesgar la vida por el éxito.
El motivo por el cual menciono esto no es para decir que los empresarios sufren igual que los adolescentes (en general, los empresarios caen mejor parados). El objetivo es mostrar que las dinámicas subyacentes son las mismas y que, por lo tanto, la irracionalidad de entregar la vida por el éxito es un problema del juego más que del jugador. En otras palabras, hay juegos tan locos que vuelven “sensato” afrontar costos desmesurados para ganar. Si esto es así, los problemas anteriores no se resolverían concientizando a los adolescentes de los riesgos de prenderse fuego el cuerpo o saltar sobre un tren en marcha (algo que, supongo, podrían inferir por sí mismos), sino interviniendo las reglas de juego de las redes donde pasan sus vidas.
El impacto del esfuerzo
Hay algunos juegos que premian sacrificarlo todo por el éxito. Que un sacrificio sea premiado significa que trae más frutos que pérdidas. No todos los sacrificios tienen el mismo impacto, por lo que algunos esfuerzos valen la pena y otros no.
Por ejemplo, si estás corriendo una carrera donde el primero en llegar se lleva todo el premio, entonces el impacto de correr un segundo más rápido depende de dónde te encuentres. Si el que va primero te lleva diez metros de ventaja, llegar un segundo antes no hace ninguna diferencia, porque igual llegarías después y no recibirías premio alguno. En cambio, si el primero te lleva un paso, llegar un segundo antes implicaría obtener la victoria y la totalidad del premio. En el segundo caso, sacrificar tiempo de ocio por llegar un segundo antes tendría sentido.
El impacto del esfuerzo no siempre es lineal. Uno podría llegar uno o dos segundos antes pero igual perder, pero ganar si llega tres segundos antes. En este sentido, la relación esfuerzo-beneficio es similar a la de viajar en tren. Cuando el tren está por partir, llegar un segundo antes a la estación puede implicar llegar media hora antes al trabajo. En ese punto crítico, esforzarse en correr a toda velocidad podría tener sentido. En cambio, si todavía faltan 15 minutos para que llegue el tren, subir corriendo al andén no tiene sentido.
Las carreras también tienen instancias críticas. Cuando un milisegundo define si ganar o perder, tiene sentido entrenar cinco horas más para llegar un milisegundo antes. Si no supiéramos cómo funciona una carrera, nos parecería irracional entrenar cinco horas por un milisegundo. En realidad, lo que está en juego no es un milisegundo sino la victoria. Del mismo modo, al correr el tren, no pensamos en llegar un segundo antes a la estación sino media hora antes al trabajo.
El problema es que cuando todos los milisegundos son críticos, siempre vale la pena esforzarse más, incluso hasta el punto de quiebre. Esto puede suceder cuando hay ciclos de retroalimentación que obligan a dejar el alma y la vida por cada milímetro.
Supongamos que perderé la carrera por un milisegundo, que podría reducir si entrenara cinco horas más. En ese caso, entrenar cinco horas extra tendría sentido para mí. Después de eso, mi rival se encontraría en la misma situación: ahora, entrenar cinco horas más le permitiría llegar un milisegundo antes y recuperar el primer lugar. En consecuencia, yo volvería a encontrarme en la misma situación que al principio, y volvería a ser sensato dedicar cinco horas más. Con el tiempo, la competencia nos llevaría a entrenar cientas de horas.
Aunque cada pequeña decisión tenga sentido, el resultado final no necesariamente lo tiene. Yo podría no estar dispuesto a entrenar 300 horas para ganar, pero sí a entrenar cinco. Como en cada “turno”, mis opciones eran entrenar cinco horas o perder la carrera, yo fui tomando la mejor decisión en cada turno, lo cual me llevó a un resultado que es globalmente peor, porque preferiría perder la carrera que entrenar 300 horas para ganarla1.
Eventualmente, la decisión deja de ser si esforzarse cinco horas más en el entrenamiento, y pasa a ser si asistir a una reunión menos con los amigos, un evento familiar menos, desgastar un poquito más las rodillas, tomar un suplemento más o eventualmente inyectarse alguna ayuda. Incluso si el resultado final fuera un precio demasiado alto por la victoria, cada pequeño paso podría considerarse una decisión sensata.
Si llegar un milisegundo antes trajera una recompensa mínimamente mayor, no tendría sentido sacrificar la juventud por ese milisegundo. Los esfuerzos desgastantes nacen de la no linealidad en las recompensas, es decir, de que existan situaciones donde un milisegundo implique grandes diferencias en los resultados, como sucede en las carreras o las estaciones de tren.
Dejarlo todo
En los juegos donde el ganador se lleva todo, la opción más sensata para todos los participantes con probabilidades de ganar es esforzarse hasta niveles extremos por conseguir la victoria. Por dinámicas como la de la carrera en la sección anterior, siempre es “sensato” dejarlo todo, incluso hasta el punto de consumirse.
El ballet, por ejemplo, sufre dinámicas similares a las de los deportes de alto rendimiento. En cada paso, adelgazar un gramo más o asistir a otro ensayo puede significar la diferencia entre conseguir el estrellato y la fama, o perder el puesto contra quien se sacrifique más. Como resultado, sufre una alta prevalencia de trastornos alimentarios, uso de drogas para sostener los ideales corporales, uso de analgésicos para bailar con lesiones, y otros efectos extremos.
Algo similar sucede en el mundo de los negocios digitales, porque la competencia entre plataformas suele ser un juego donde el ganador se lleva todo. Cuando el valor de una plataforma es conectar personas para lograr algo (como socializar, comprar y vender productos, transportarse, compartir videos, etc), esta se vuelve más útil cuanto más gente use la plataforma (es más cómodo usar la aplicación con más conductores, más vendedores, más creadores de contenido, etc). Si todos usan la plataforma que más usuarios tiene, eventualmente terminarán usando todos la misma. Además de las plataformas de conectividad, este efecto también se da cuando los costos variables de ofrecer un servicio son insignificantes respecto de los costos fijos para mejorarlo. Por ejemplo, para Netflix, enviar un video a un usuario más es prácticamente gratis. En cambio, producir nuevas películas o series es costoso. Entonces, cuantos más usuarios tiene la plataforma, puede ofrecer más contenido. Esto también lleva a que la gente use la plataforma de más usuarios y, por lo tanto, a que este tipo de negocios sean monopolios naturales. Las plataformas de inteligencia artificial entran en esta segunda categoría, porque el costo de ejecutar los modelos es insignificante respecto del costo de entrenar modelos mejores.
En los negocios digitales donde el ganador se lleva todo, las empresas también están sujetas a la dinámica de consumirse por la oportunidad de alcanzar la cima. Esta es la dinámica por detrás de la inversión inmensa alrededor de la inteligencia artificial. En cada paso, invertir un millón de dólares más puede significar la diferencia entre tener el monopolio futuro de la inteligencia artificial o perder contra un competidor. Como resultado, la humanidad lleva trillones de dólares invertidos en un negocio sobre el cual existen dudas de si ofrecerá retornos acordes o se trata de una burbuja. Para los fundadores de las empresas digitales, trabajar una hora más, una noche más, un día más a la semana, puede significar la diferencia entre el triunfo o la quiebra. Como resultado, consumen su juventud, sufren picos de estrés e incluso se vuelcan al budismo.
En las redes sociales, donde los usuarios virales reciben prácticamente toda la atención, sucede lo mismo. Aguantar un milisegundo más sin respirar, o con un fuego en la piel, no es un precio demasiado alto para conseguir la fama internacional. Sin embargo, cuando los milisegundos se suman, implican quemaduras graves o incluso la muerte. Las redes sociales también llevan a jóvenes a adelgazar siempre un gramo más hasta adquirir trastornos alimenticios, o presentarse de manera levemente más atractiva hasta producir contenido altamente sexualizado.
En todos estos casos, los comportamientos irracionales son respuestas sensatas a juegos irracionales. Cuando el ganador se lleva todo, las acciones esperables o racionales llevan a los participantes a consumirse por el éxito. Las actitudes que pueden desestimarse o rechazarse como locuras adolescentes tienen correlatos estructuralmente idénticos en los sectores más dinámicos y estudiados de la economía global. Entonces, esperar que estos fenómenos se resuelvan con mayor racionalidad o concientización sería un error. El problema no está en la irracionalidad de los jugadores, sino en la irracionalidad de los juegos que estamos jugando. Creo que estas tendencias desaparecerían si los esfuerzos fueran más proporcionales a los premios.
Si, en una carrera, los premios para cada corredor fueran proporcionales a su velocidad, en lugar de que el ganador se lleve todo, no existiría ningún milisegundo crítico. Todos los milisegundos valdrían lo mismo, y ningún atleta se consumiría por un milisegundo.
Alejar la economía global, y las redes sociales, de ser juegos donde el ganador se lleva todo beneficiaría incluso a los exitosos. Aunque ganar se siente bien, es mejor ganar sin consumirse en el camino. Cuando el ganador se lleva todo, la victoria está atada a niveles insalubres de estrés y locura. Cualquier ser humano preferiría vivir una vida donde no se juegue todo en cada milisegundo.
Hola!
Soy Juan, escribí la nota de arriba. Es la segunda de una serie sobre tendencias de la actualidad que son, en el fondo, reacciones esperables ante los juegos donde el ganador se lleva todo. La semana pasada escribí sobre la crisis de motivación, y la semana que viene voy a escribir sobre el auge de las sectas y el evangelismo.
Si te interesa seguir la serie, podés suscribirte para recibir las próximas entregas. Si tenés dudas o comentarios, no dudes en escribirme. Por último, te recuerdo que hace dos semanas publiqué La Causa, un ensayo sobre cómo las grandes crisis de la sociedad se reducen a un problema técnico concreto que deberíamos poder resolver.
Te mando un abrazo y, como siempre, gracias por leer.
Si en cada turno yo hubiera podido “retirar” el esfuerzo que hice antes, el resultado habría sido distinto. El resultado también habría sido distinto si, en los primeros turnos, yo tuviera conocimiento de que el rival estaría dispuesto a entrenar cientas de horas para preservar el primer lugar, porque eso me permitiría saber que ganar la carrera me costaría cientas de horas. Sin embargo, adquirir ese conocimiento es difícil, porque al rival siempre le conviene que creamos que está dispuesto a todo, incluso si no lo está: si yo creyera que ganar la carrera me costaría 300 horas de entrenamiento porque el rival haría lo mismo, preferiría abandonar en lugar de hacer esfuerzos vanos, lo cual permitiría que mi rival obtenga la victoria con menos esfuerzo. Como al rival siempre le conviene mostrar que está dispuesto a todo, no es una señal confiable.
