Contraculturas, pseudociencias y utopías
El anhelo ancestral de ser cabeza de ratón
La última década vio crecer el tierraplanismo, el movimiento antivacunas y las denuncias por reptiles alienígenas que buscarían conquistar la tierra.
Si las personas fuéramos perfectamente racionales, las ideas absurdas podrían confrontarse con argumentos, evidencia y educación. Sin embargo, vemos una y otra vez que la evidencia y los argumentos no logran convencer a quienes creen en pseudociencias o conspiraciones absurdas. Retrospectivamente, tiene sentido que un creyente de conspiraciones alienígena-reptilianas no tenga la contrastación con la evidencia como máxima prioridad.
En realidad, las personas somos más emotivas que racionales, y nuestras emociones siguen patrones. El tierraplanismo, más que el resultado de razonamientos, es una respuesta emocional específica al mundo que nos rodea. Más aún, existe una gama de fenómenos culturales para los que, aunque su contenido difiere del tierraplanismo o las teorías conspirativas, nacen de esencialmente la misma motivación social y emocional.
En la última década, y en especial en los últimos años, creció el interés por las religiones, especialmente alternativas al catolicismo como el evangelismo o la filosofía budista. Mil años antes, tras la “globalización” de la conquista del mundo griego por Alejandro Magno, florecieron escuelas filosóficas respetables como el estoicismo o el cinismo.
Si uno le pregunta a un tierraplanista por qué piensa lo que piensa, responderá que no percibe curvatura en el horizonte y que las imágenes espaciales están trucadas. Si uno pregunta a un estoico por qué piensa lo que piensa, responderá que el orden y los equilibrios del cosmos son evidentes. Solemos dar explicaciones racionales en lugar de reconocer los factores emotivos que realmente influyen en nuestras creencias1. Cuando confundimos las explicaciones con verdaderas razones, concluimos que debatir sobre el horizonte o los equilibrios cósmicos es la clave para modificar actitudes, pero no es así.
Quiero hablar de las fuerzas emotivas y sociales detrás del tierraplanismo, fuerzas que también han promovido despertares espirituales y escuelas filosóficas, porque son pistas para entender y desarmar al movimiento antivacunas y a la anticiencia en general. Además, hacerlo da un buen contexto para mostrar por qué, como suelen decir, nos es más fácil soñar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Cola de león
Hace cientos de miles de años, ser partícipes de la comunidad nos permitía acceder a los frutos del trabajo colectivo. Cuanto mayor era nuestra participación, crecía nuestra prioridad para elegir la comida o el escondite donde resguardarnos. Participar consistía en recolectar madera o frutas, hacer fuego, cazar, curar, o cualquier cosa que contribuyera a la comunidad. Cualquier aporte caía bien, y la comunidad agradecida nos retribuía con creces.
Si nuestra participación era escasa o nula, la comunidad dejaba de priorizarnos. Si acaso nos seguía proveyendo alimentos, era probable que eligiéramos últimos o comiéramos las sobras. Faltar a contribuir caía mal, y la comunidad desdeñosa no nos retribuía.
Al igual que ahora, la ayuda de nuestra comunidad era crucial para sobrevivir. Sin su comunidad, el humano sería un ser indefenso que pasaría hambre, frío y miedo constantemente. Por eso, durante cientos de miles de años, caer bien o mal a nuestros pares era literalmente una cuestión de vida o muerte. Durante cientos de miles de años, evolucionamos para buscar aportar, caer bien y evitar el desdén, del mismo modo que evolucionamos para beber agua regularmente o para evitar el fuego. Parte de este proceso evolutivo resultó en que el agua nos produzca placer, el fuego produzca dolor, el aprecio placer y el desdén dolor.
Nuestras emociones se prepararon durante cientos de miles de años para un mundo que desapareció de un día para otro. Un día, la comida y el refugio pasaron a depender de poseer dinero o de llevarse bien con el rey. Caer bien o mal a la comunidad dejó de ser cuestión de vida o muerte, pero el placer o dolor sigue siendo tan real como el agua y el fuego. Al día siguiente, nos mudamos a redes sociales donde todas las miradas se concentran en pocas estrellas y dejamos de vernos entre nosotros. Todos los días vemos, en el mejor de los casos, las caras más bellas, exitosas y desenvueltas de las personas que conocemos, y en el peor, las caras más bellas, exitosas y desenvueltas de personas que ni siquiera saben quiénes somos. Nuestras emociones aprendieron a doler si ven que somos relegados, y en las redes todos somos relegados.
Aunque ahora suceda en forma extrema y acelerada, el problema no es nuevo. La humanidad conoce una solución desde la antigüedad: construir comunidades pequeñas en que nadie se sienta el último de la fila2. Cuando sólo consideramos la comunidad, nuestras emociones ignoran a los ricos, famosos y poderosos con quienes nos dolía compararnos. La comunidad sostiene valores distintos al resto de la sociedad, en su interior hay lugar para todos y nadie queda rezagado.
Cabeza de ratón
Cuando Alejandro Magno conquistó el mundo griego, la administración de las ciudades pasó a ser responsabilidad del imperio. Los ciudadanos de las Polis estaban acostumbrados a participar de los debates y las decisiones políticas de sus ciudades. Podemos imaginar la desazón de perder el sentido de pertenencia de un momento a otro. Rápidamente, florecieron escuelas filosóficas como el estoicismo, el epicureismo, el cinismo o el escepticismo, distintas entre sí a nivel racional o teórico, pero iguales a nivel emotivo y social. Todas priorizaban modos de vida comunitarios en los que se compartía el tiempo con compañeros y maestros de grupos cercanos. Un patrón común en aquella época era interpretar estas escuelas filosóficas como recetas para la “tranquilidad del alma”.
El cristianismo floreció y se difundió cuando la República Romana se transformaba en un imperio. El budismo floreció y se difundió cuando los reinos o repúblicas mahajanapadas, algunos de los cuales tenían consejos de deliberación, se subordinaban a centros imperiales. La globalización de la segunda mitad del siglo XX se siguió del florecimiento del movimiento espiritual new age. Los marcos teóricos o espirituales cambian, pero la receta ante la concentración de poder es la misma: ser cola de león se siente mal, y formar comunidades alternativas se siente bien.
En 2020, la pandemia de Covid-19 produjo una migración acelerada de nuestra vida social hacia las redes sociales y plataformas de entretenimiento. Estas plataformas concentraron la atención en pocos influencers y relegaron a la mayoría a lugares secundarios. Los niveles de ansiedad y depresión se dispararon, y luego llegó un despertar de las religiones y el evangelismo.
Nuestras emociones se prepararon para vivir en comunidades pequeñas. Duele tratar con imperios o redes sociales para los que no somos importantes. La estrategia que desarrollamos para tolerar un mundo que centraliza el aprecio fue forjar esas comunidades pequeñas que perdimos, simularlas, construirlas en medio de la gran sociedad. La muestra más nítida es que todo momento de gran concentración de poder se sigue de grandes florecimientos de identidades comunitarias. Creo que uno de los roles más importantes de la religión fue permitirnos tolerar sociedades gigantes, por crear comunidades pequeñas donde nuestras emociones estuvieran cómodas.
Tierraplanismo
En los últimos años, la comunicación científica sufrió grados de centralización extraordinarios. Youtube catapultó comunicadores y docentes extraordinarios como 3blue1brown, Veritasium, Vsauce o Kurzgesagt. La inteligencia artificial ofrece explicaciones razonables al alcance de un click. Rápidamente, millones perdieron su lugar.
Antes, el buen comunicador científico, medianamente erudito, inteligente, siempre tenía alguien dispuesto a escucharlo. Ahora cualquier dato interesante de astrofísica o biología aparece en Twitter o internet mejor explicado, con más chistes y más carisma. Los grandes avances en física de partículas o genética se centralizan cada vez más en laboratorios exclusivos. Para muchos investigadores jóvenes, el camino académico parece ir siempre un paso atrás de cada gran descubrimiento.
Para nuestras emociones, el escenario es idéntico a cuando desaparecían los debates políticos en las ciudades griegas y las decisiones pasaban a ser responsabilidad imperial. Las comunidades pequeñas, alternativas y contraculturales sostienen discursos y contenidos diferentes, pero la misma forma.
Cuando nace el tierraplanismo, todas las personas medianamente eruditas o inteligentes forman parte de la comunidad. Todos pueden verse y apreciarse con todos, todos forman parte. Otros escuchan los propios argumentos, valoran la propia inteligencia, uno vuelve a ser alguien. Lo mismo cuando nace el movimiento antivacunas. Las teorías sobre alienígenas reptilianos parecen distanciarse del estoicismo de Cicerón, pero comparten su origen de nacer como contraculturas que fomentan volver a desenvolverse en pequeñas comunidades en momentos de centralización intolerable.
A medida que la cultura se acerque a ser un juego donde los ganadores se llevan todo el aprecio, las posiciones se seguirán saturando y la gente migrará hacia áreas, espacios y valores alternativos. La respuesta al tierraplanismo y las antivacunas no es producir más y mejor comunicación científica, sino abrir instancias donde los aficionados puedan realmente formar parte, y cuya participación sea genuinamente apreciada. Un paso fundamental para lograrlo es descentralizar la atención y el prestigio en las instituciones científicas.
Indie
Internet, Youtube y Spotify aceleraron un proceso de centralización cultural que había empezado con la radio y la televisión. El mundo actual permite que todo el mundo sea público de un puñado de artistas. El mundo de las canciones más pegadizas está saturado. Hay pocas figuras en el estrellato internacional que dejan todo en cada detalle estético, estilístico o incluso sensual, y una mayoría incapaz de competir.
Cada centralización implica una contracultura. En la música, tras el auge de la música comercial vino el auge de música prácticamente opuesta, experimental, dodecafónica, silenciosa. En el circo, tras la centralización y disponibilidad de números sensacionales contra los que competir es imposible, llegó el priorizar expresar emociones o narrativas en lugar de asombrar. En la poesía, la centralización del aprecio por excelencia o popularidad generó el auge de comunidades poéticas que priorizan la expresión histriónica y autobiográfica para comunidades amigas. Cuando los valores hegemónicos no permiten aportar o participar, pequeñas comunidades crean nuevos valores en que todos forman parte. Cuando el el ganador se lleva todo el premio y el resto nada, la mayoría busca juegos distintos.
Creo que pensar todos estos fenómenos por separado es un error. También creo que es un error pensarlos según su contenido. Las limitaciones de la escala musical de ocho notas, el flujo energético de los chakras y la composición química de las vacunas son justificaciones racionales de caminos que, en realidad, están motivados por nuestras emociones. Desde lejos, parecen peroratas que excusan un impulso más básico, más antiguo, más humano: formar parte. En un mundo demasiado grande para que importemos, separarnos en grupos pequeños recupera la cercanía.
Toda utopía es el Edén
Varios comentaristas políticos se sorprenden de que “nos es más fácil soñar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. La sorpresa lamenta y desnaturaliza una supuesta pérdida de las utopías, piedra fundamental para la acción política. Yo lo pienso de otra manera.
La primera gran utopía de la tradición abrahámica fue el jardín del Edén, un paraíso terrenal ajeno a la civilización. Se sospecha que la noción fue heredada de la cultura babilónica, por lo que podría ser incluso más antigua. Volver a la comunidad pequeña, volver a las raíces.
En los casos que presenté hasta ahora, el patrón común era: si la gran sociedad nos desdeña, desdeñemos a la gran sociedad. Que nos importe sólo un grupo pequeño, donde todos le importemos a todos y todos nos sintamos bien. Cada contracultura o religión que analizamos es, en cierto punto, jugar a mudarse al Edén. Los demás desaparecen y resta la comunidad primigenia.
En su libro “The Dawn of Everything”, los Davids Graeber y Wengrow documentan una serie de casos de náufragos y viajeros perdidos que vivieron varios años entre comunidades indígenas. Dicen que fue un patrón común, en casos así, que tras ser encontrados y regresar a la civilización las personas rogaran volver a las comunidades donde habían vivido. Varios, de hecho, lo hicieron.
Los sueños, romances y utopías de las distintas épocas difieren en su contenido pero se asemejan en la forma, igual que el estoicismo y el movimiento antivacunas. En los Piratas del Caribe, Elizabeth Swann se había obsesionado desde niña con historias de piratas, hasta transformarse en una en la adultez. La ficción tenía un componente real: varios piratas en la edad de oro de la piratería se habían inspirado en las historias de piratas y el mito de libertad. Al igual que en el Edén, la libertad es la comunidad: un grupo pequeño, solo contra el mundo, con sus propias reglas y sin rendir cuentas a nadie.
La gran epopeya revolucionaria del siglo XX fue la revolución Cubana. En pocos años, millones de jóvenes en todo el mundo tomaban la bandera del Che Guevara. Miles participaban en focos guerrilleros. Se soñaba con un mundo nuevo, pero el romance estaba en la guerrilla. Comunidades pequeñas de absoluta cercanía, ajenos a los valores hegemónicos y el mundo exterior. Jóvenes partícipes, todos ellos, de la historia. Seamos libres, sí, pero esencialmente lo demás no importa nada. En la práctica, moviliza más la aventura comunitaria de la guerrilla que ajustar la balanza comercial.
En la vereda opuesta, la propaganda del ejército de los Estados Unidos prioriza la hermandad. La lealtad es primero para el pelotón, después para lo demás. En cada pelotón, todos son partícipes, todos son héroes, todos salvan y son salvados por sus pares. Los demás, civiles, niños o mujeres, son asuntos colaterales. En la práctica, moviliza más ser partícipe valioso de un equipo que contribuir al American Way y al petróleo barato.
Los cristianos soñaron con pequeñas comunidades compartiendo el pan. Los anarquistas soñaron con pequeñas comunidades decidiendo cómo trabajar. Los fascistas soñaron con comunidades rurales que excluyeran a casi todos. Casi todas las utopías que calaron apelan, en cierto punto, al viejo mito del Edén y las comunidades pequeñas3. Lo que nos mueve de las utopías no es tanto el destino como qué tan partícipes seremos del camino.
En la actualidad, los grupos de izquierda que proponen cambiar el sistema económico son intransigentes ante los valores hegemónicos. En la práctica, no pasan sus días diseñando, construyendo y experimentando formas económicas alternativas al capitalismo. La utopía de cambiar al mundo no moviliza a cambiar al mundo. En cambio, dedican su energía y sus debates a justificar separarse de los partidos más importantes, y especialmente separarse de otros partidos de izquierda. Al interior de los partidos, ningún militante tiene un rol secundario. Son grupos pequeños donde todos son importantes. Nuestro rol en el camino, no el destino.
El apocalipsis, entonces, no es la antítesis de las utopías. Es la utopía. Es el Edén: desaparece el resto, queda la comunidad. El apocalipsis zombie tiene lo que más nos enamora de las utopías, las contraculturas y las religiones: quedan los nuestros, los que valoramos y que nos valoran. El resto son cuerpos sin alma.
Hola!
Soy Juan, escribí la nota de más arriba. Es la tercera de una serie que analiza la cultura actual desde los juegos donde el ganador se lleva todo. La primera fue sobre la crisis de motivación, y la segunda fue sobre los retos virales fatales y la burbuja de IA.
Quería recordarte que sigo escribiendo un ensayo por mes. En junio escribí La Causa, para mostrar el problema fundamental que tiene la cooperación humana y cómo este genera las grandes crisis del presente. En julio estoy escribiendo “Teoría de Burocracias”, para explicar por qué las revoluciones comunistas tendieron al autoritarismo y qué debería lograrse para evitar esa tendencia en eventuales revoluciones del futuro. Voy a compartirte el link por acá la semana que viene.
Si algo de este trabajo te parece valioso u original, me ayudarías mucho compartiendo este newsletter para que más gente pueda verlo (además, me darías una alegría).
En las ciencias cognitivas se usa el término “racionalización” para las explicaciones que no tratan el verdadero motivo de la decisión. La mayoría de nuestras explicaciones son racionalizaciones pero no nos damos cuenta. Hay un ejemplo célebre vinculado a decisiones judiciales sobre si otorgar libertad condicional a reclusos. Resulta que los jueces tienden a ser sistemáticamente más tolerantes inmediatamente después cada las comidas, y sistemáticamente más severos a medida que pasan las horas. Al no ser conscientes de esto, justifican sus decisiones con observaciones sobre los reclusos. Nos sorprendería que un juez justifique un fallo diciendo “llevaba 5 horas sin comer”.
Diría que elegimos ser “cabeza de ratón”, pero tampoco es eso. En realidad, elegimos simplemente no ser la cola. Ser la pata, el hocico o la espalda del ratón estaría bien. La idea es evitar la sensación de ser constantemente desdeñados.
La estética del Solarpunk me parece linda pero un poco impostada. Los edificios gigantes me hacen sentir una hormiguita.
