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El don y la genialidad
Qué es (y qué no es) la genialidad
Solemos confundir dos fenómenos distintos: la genialidad y lo que voy a llamar "el don". Esta confusión influye en cómo pensamos y fomentamos la innovación en la sociedad.
El don es lo que solemos imaginar cuando pensamos en el talento extraordinario: una habilidad casi sobrenatural para reconocer, diseñar o navegar patrones. Pensá en el prodigio del ajedrez que ve diez movimientos hacia adelante, o el matemático que capta intuitivamente abstracciones complejas. Es un talento que parece llegar de otro planeta.
La genialidad es otra cosa. Es la creación de algo disruptivo que eventualmente logra ser aceptado. La idea clave es que aunque la genialidad puede surgir del don, no suele darse así. La distinción importa porque influye en cómo nutrimos (o no) a la innovación.
Nos gusta contarnos una historia sobre la genialidad: un genio ve una oportunidad, trabaja arduamente, se sobrepone a los obstáculos y eventualmente su trabajo es celebrado. Esa narrativa prolija sugiere que el sistema funciona bien: Si tenés "el don", vas a ver el camino difícil por delante, calcular que las recompensas valen el esfuerzo, y eventualmente reclamarás los laureles.
Pero esta historia casi siempre es un mito.
La mayoría de las innovaciones genuinas no vienen de personas extraordinarias que calculan trayectorias de antemano. Vienen de perseguir obsesiones que muchas veces parecen inútiles o incluso tontas para otros. Por ejemplo, las primeras personas que trabajaron en las computadoras no seguían un camino bien marcado hacia el éxito - eran entusiastas experimentando en sus garajes porque no podían evitarlo. Newton pensaba en su trabajo con obsesión alquimista, buscando el lenguaje secreto del universo, y si lo hubiéramos visto trabajar nos habría parecido un loco.
Nuestras ideas erróneas sobre la genialidad nos llevan a crear los tipos equivocados de entornos para fomentarla. Construimos sistemas que funcionan bien para personas con "el don" - personas que sobresalen trabajando dentro de los paradigmas existentes. Pero la genialidad suele requerir aventurarse hacia terrenos misteriosos que, necesariamente, tardan en rendir frutos (si alguna vez lo hacen).
Pensá en la genialidad como una mutación exitosa en la evolución de las ideas. La mayoría de las mutaciones son dañinas, pero sin ninguna mutación, el sistema muere. Esta metáfora nos ayuda a entender por qué es crucial proteger el espacio para la exploración y la diversidad. La innovación verdaderamente disruptiva a menudo parece fea, inadecuada o sin valor para el sistema existente. Tiene que serlo - si no lo fuera, no sería disruptiva, se habría buscado antes, y mostraría avances paulatinos y seguros en lugar de esos grandes saltos a los que llamamos “genialidad”.
De todo esto se implica que, si queremos fomentar la genialidad, necesitamos:
Reducir el costo de la exploración. Esto es crear espacios donde las personas puedan perseguir obsesiones aparentemente inútiles sin arriesgar su carrera.
Proteger la diversidad de pensamiento y enfoques. El próximo gran avance probablemente vendrá de una dirección que la mayoría de los expertos actualmente descartan.
Aceptar que la mayoría de las incursiones nuevas van a fallar. Esto no es un error, es una característica de cómo funciona la evolución.
Reconocer que las innovaciones más prometedoras inicialmente parecen juguetes o ingenuidades para las personas “serias” en el campo.
Quizás lo más importante es que hay que dejar de pensar en la genialidad como una propiedad de los individuos y empezar a pensar en él como una propiedad de los sistemas. La pregunta no es "¿Cómo identificamos y apoyamos a los genios?" sino "¿Cómo creamos entornos donde es más probable que surja la genialidad?"
En lugar de tratar de elegir ganadores, deberíamos concentrarnos en bajar las barreras de entrada y experimentación. En lugar de requerir planes detallados y predicciones, deberíamos crear espacio para la exploración impulsada por la obsesión.
Naturalmente, el sistema siempre va a resistir este enfoque. Para el sistema, todo esto es desordenado, ineficiente, o (en el mejor de los casos) amenazador. Pero esa resistencia es precisamente por qué es necesario. Los nuevos paradigmas no emergen de la optimización cuidadosa dentro de los existentes, sino de formas creativas que inicialmente parecen equivocadas. Esto es incómodo e ineficiente en el corto plazo, pero eso es la genialidad: nada más y nada menos que una disrupción eventualmente aceptada.
Esto no quiere decir que "el don" no sea real o valioso. El talento extraordinario existe y puede llevar a logros increíbles. Después de una innovación genial (como lo fueron las redes neuronales), el talento extraordinario tiene un camino marcado de progreso seguro (como un trabajo bien pago en una universidad o empresa de élite) en que la respuesta inteligente a preguntas ya demarcadas también extiende las fronteras del conocimiento.
Esto lleva a un aspecto crucial de la genialidad que a menudo pasamos por alto: la habilidad de identificar qué problemas vale la pena resolver. Tendemos a enfocarnos en la capacidad de resolver problemas, pero frecuentemente, identificar la pregunta correcta es más de la mitad de la batalla. En su ensayo “How to do Great Work”, Paul Graham observa que es posible obtener una medalla de oro o volverse rico sólo con proponérselo temprano y trabajar esforzadamente (probablemente con “el don”), pero que la selección natural no podría haberse encontrado de esa manera. Planificar, dice, sólo sirve para los logros que podemos describir de antemano.
La cuestión de las preguntas precisas me recuerda a un intercambio entre Lex Friedman y el gran maestro de ajedrez Hikaru Nakamura sobre las trampas en el ajedrez. Cuando le preguntaron cuánta información necesitaría un jugador de alto nivel para hacer trampa efectivamente, la respuesta de Nakamura fue sorprendentemente simple: solo una señal que indique cuándo hay una posición interesante. Nada sobre qué movimientos hacer - solo saber que hay algo que vale la pena buscar.
Esta perspectiva se extiende mucho más allá del ajedrez. En el descubrimiento científico, la innovación tecnológica y los avances artísticos, el patrón es a menudo similar. Las herramientas y el conocimiento necesarios para resolver muchos problemas revolucionarios ya existían - lo que faltaba era alguien convencido de que había algo que valía la pena encontrar.
Considerá el trabajo de Einstein sobre la relatividad especial. Las herramientas matemáticas que necesitaba - las transformaciones de Lorentz, las ecuaciones de Maxwell - ya existían. Lo que hizo revolucionario su trabajo no fue crear nuevas técnicas matemáticas sino hacer diferentes preguntas sobre la naturaleza del tiempo y el espacio. Einstein no era un matemático de otro planeta. Aunque sí era muy competente, pedía ayuda a Marcel Grossman o a David Hilbert cuando necesitaba ayuda con la matemática. Más que un don de otro planeta, Einstein tenía una intuición de que había algo ahí, y siguió tirando de ese hilo1 .
La genialidad suele empezar como una especie de intuición informada - una campana que suena cuando hay algo interesante para explorar, incluso si todavía no podés articular qué es ese algo. Muchos descubrimientos revolucionarios vinieron de personas que estaban convencidas de que "acá hay algo" sin tener mucha evidencia inicial para respaldar esa convicción. Podríamos ser más tolerantes con las investigaciones que todavía no pueden ser completamente articuladas. La capacidad de sentir un problema interesante a menudo precede a la capacidad de definirlo claramente.
Esta perspectiva también ayuda a explicar por qué las innovaciones genuinas a menudo vienen de personas externas o que trabajan en los márgenes de sus campos. No solo están trayendo perspectivas frescas a problemas conocidos - a menudo están viendo problemas completamente diferentes.
Pensando sistémicamente, podríamos decir que las disrupciones equivocadas también son parte de la genialidad, porque la evolución es un proceso de prueba y error2 .
La próxima vez que veas a alguien persiguiendo lo que parece una obsesión inútil, recordá: la genialidad, a menudo, no parece serlo al principio. Parece una pérdida de tiempo, hasta que de repente no lo es.
Buen sábado!
Soy Juan, escribí la nota que acabás de leer. En parte, nació por un problema que tiene la ciencia actual, que es que la presión por publicar aportes seguros constantemente afectó la tendencia a producir avances disruptivos.
Por otro lado, nació porque asociar el don a la genialidad nos libera de la vertiginosa posibilidad de perseguir curiosidades que todavía no son reconocidas. Cuando asociamos la genialidad al don, parece que cualquier disrupción está lejos de nuestro alcance, y que depende de personas con poderes sobrenaturales.
Entender a la genialidad como un efecto de los sistemas más que de las personas, y como algo más cercano a la curiosidad irreverente que a la brillantez, habilita un sinfín de exploraciones tan vertiginosas como fascinantes.
La próxima vez que te apasiona una pregunta, perseguila aunque parezca inútil. Mejor dicho, perseguila más cuando parezca inútil.
Te mando un abrazo grande,
Juan
Filosofía del futuro
1 Arriesgaría a decir que el don puede ser contraproducente para la genialidad, especialmente pensando en una cuestión de incentivos. Si tenés “el don”, tenés más para perder si te pasás varios años persiguiendo preguntas o teorías disruptivas. Cuando tenés claro que vas a triunfar, los paradigmas imperantes son más magnéticos. La genialidad suele suceder en espacios y personas lo suficientemente competentes como para poder lograrla y lo suficientemente periféricas como para no tener tanto que perder.
2 “How to do Great Work” incluye un criterio más para evaluar las preguntas disruptivas: aunque no hace falta tener claro el destino de tu plan de investigación, sí es importante saber definir claramente qué brechas del conocimiento están pasando por alto los expertos para justificar la exploración.
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