La crisis de motivación
De dónde nace tanta desgana
Te cruzaste con un amigo, lo viste cansado. Volviste a tu casa temprano pero se te fue la tarde con el celular. Parece que a todos nos falta la energía.
Uno puede decirse que la desgana es un fenómeno de época y que está presente en todas las edades y clases sociales. Sin embargo, por algún motivo, igual nos solemos sentir culpables de esa desgana, como si nosotros mismos fuéramos el problema.
Creo que el motivo principal de nuestra crisis de motivación es que la sociedad se transformó en un juego que nadie quiere jugar. En resumen, creo que la sociedad está cada día más cerca de ser un juego donde el ganador se lleva todo y donde, a partir de cierto punto, deja de ser divertido jugar.
En realidad, creo que la mayoría de las reacciones culturales a la sociedad de hoy, y no sólo la crisis de motivación, son réplicas en gran escala de cómo solemos reaccionar ante los juegos en que el ganador se lleva todo.
Hoy voy a hablar de la crisis de la motivación, y hablaré de algunos otros fenómenos en las próximas semanas. Para esto, voy a hablar de juegos y de cómo solemos reaccionar a ellos, para mostrar paralelismos que expliquen por qué las multitudes apáticas, los influencers frenéticos, los conspiranoicos y los que buscan plata fácil están teniendo reacciones naturales y casi inevitables para el juego que los obligaron a jugar.
La intención de esta serie va más allá de mostrar que estos problemas son sociales y que no deberíamos sentirnos culpables por nuestra desgana, nuestras obsesiones o nuestras dependencias. Centralmente, creo que entender cómo los juegos que jugamos afectan a nuestras emociones ayudará a construir entornos que nos hagan bien.
Correr una carrera
Hoy quiero empezar con un ejercicio.
Imaginate que diez amigos deciden correr una carrera durante una clase de gimnasia en el colegio. Los corredores 1, 2 y 3 van primero, muy adelante del resto. Se llevan menos de un metro de distancia entre sí y todavía quedan unos 20 metros hasta la línea de llegada. Los otros 7 jugadores están varios metros más atrás, todavía a mitad de camino hacia la meta.
El ejercicio es responder las siguientes preguntas sobre cada uno de los corredores:
¿Cuánta atención le presta a la carrera? ¿Cuánta energía pone en seguir corriendo?
¿Cuán probable es que abandone y empiece a caminar, reír o incluso hacer algún chiste?
¿Qué tan nervioso se siente?
Intentá responder las preguntas antes de seguir leyendo. A continuación, va mi respuesta.
Yo asumiría que los corredores 1, 2 y 3, que están peleando la punta, prestan atención y les entusiasma seguir corriendo. Además, creo probable que se pongan nerviosos. En cambio, imagino que los otros corredores tienen más probabilidades de abandonar y empezar a contar chistes.
Si mi respuesta es obvia, te invito a sorprenderte igual. Es notable que respondamos lo mismo. Yo no te di ninguna información sobre la personalidad de los corredores. Simplemente reconociste un patrón general en cómo reaccionamos los humanos, sistemáticamente, a la situación que tenían alrededor. Ese mismo patrón general, y algunos otros patrones que pueden verse en los juegos, van a servirnos para entender varias tendencias de la cultura actual.
En general, cuando algo nos parece obvio, es porque encarna un patrón general de cómo funciona el mundo. En cambio, nos suele sorprender lo que rompe patrones. Tendemos a desestimar lo obvio y prestar atención a lo sorprendente, lo cual lleva a prestar poca atención a los patrones generales. Desde tiempos inmemoriales, la filosofía propone sorprenderse de lo obvio para prestar atención a esos patrones ubicuos que solemos desestimar.
En particular, indagar sobre cómo reaccionamos ante una carrera ayuda a comprender por qué el mundo funciona como funciona. Cuando una reacción nos parece obvia, es porque nos parece automática, natural, esperable, y más vinculada al juego que al jugador.
Cuando el esfuerzo no da frutos
En el ejemplo anterior, los que no tenían posibilidades de ganar dejaban de esforzarse, y los que podían ganar se esforzaban al máximo.
A nivel mundial, la diferencia entre el corredor más veloz y el segundo más veloz es abismal en términos de fama, contratos e ingresos. No es exactamente un juego donde el ganador se lleva todo, pero se parece.
Adivino que, durante el último año, no dedicaste ni una hora a entrenar seriamente los 100 metros de velocidad. Es probable que acierte, porque casi nadie es velocista. Pero podemos sorprendernos de lo obvio y preguntarnos por qué casi nadie es velocista.
Si sos como la mayoría, estás tan lejos de ser el corredor más rápido del mundo que, por más que lo intentes, es prácticamente imposible que llegues a serlo. Cuando el ganador se lleva todo, el premio no depende de qué tan rápido corriste, sólo de si ganaste o no. Si no hay forma de ganar, el premio siempre será cero, y no importa qué tan rápido corras, tu esfuerzo no genera frutos1. Naturalmente, eso daña la motivación.
Si estuvieras cerca de ser el mejor corredor del mundo, probablemente sí te obsesionarías entrenando. Cuando un milímetro implica la diferencia entre el estrellato mundial y el olvido, hay que dejar todo en cada milímetro. Esa dinámica también es desgastante (y es el tema de la semana que viene).
Lo importante a tener en cuenta es que, cuando el ganador se lleva todo, la desgana es la respuesta “inteligente” para la mayoría. Naturalmente, si todo el esfuerzo del mundo no alcanzara para recibir recompensa alguna, lo inteligente sería ahorrarse el esfuerzo por completo. La falta de motivación es el modo que tienen nuestras emociones de advertirnos que nos encontramos en una circunstancia de ese tipo.
Por qué hay más preparadores físicos que atletas profesionales
Si fueras muy veloz, tus probabilidades de ser velocista aumentarían. Pero también tendrías más probabilidades de ser velocista si las recompensas se distribuyeran distinto2.
Por ejemplo, si el premio fuera proporcional a la velocidad, practicar los cien metros llanos tendría sentido para todos. Cuando el ganador se lleva todo, correr en 18 o en 12 implica en ambos casos un premio de 0. En cambio, con un premio proporcional a la velocidad, la recompensa aumentaría en un 50%. Si las carreras funcionaran así, probablemente habría más velocistas.
Existen varios “juegos” cuyas recompensas son proporcionales al rendimiento. Por ejemplo, un leñador que corta el doble de madera recibe el doble de recompensa. Un carpintero que fabrica el doble de sillas, también. Si sólo el carpintero más productivo se quedara con las ventas de todos los carpinteros del mundo, habría muchos menos carpinteros. La mayoría se resignaría a mirar con desgana, y un puñado de carpinteros con probabilidades de triunfar trabajaría frenéticamente, sin descanso, día y noche para triunfar.
La mayoría de las profesiones no se encuentran en ningún extremo: las recompensas no son proporcionales al rendimiento, como sucede con los leñadores, pero tampoco son acaparadas en su totalidad por el mejor profesional.
Pensemos en los abogados, por ejemplo. Es cierto que los abogados más exitosos perciben ingresos más de cien veces mayores que los de un abogado promedio. Sin embargo, el abogado promedio no se queda con las manos vacías. Esto es porque ningún abogado, por hábil que sea, puede representar a todos los clientes del mundo. Entonces el abogado medio siempre puede atender a los clientes que los abogados más exitosos no llegaron a cubrir. Hay más abogados que deportistas profesionales porque en los deportes sólo los más talentosos llegan a ser profesionales, mientras que el derecho recompensa el trabajo de casi todos los abogados.
Ser preparador físico es análogo a ser abogado, en el sentido de que es imposible que una misma persona entrene a todos los deportistas del mundo. En otras palabras, los abogados y los preparadores físicos tienen una cobertura limitada. Los deportistas, en cambio, tienen una cobertura prácticamente ilimitada, porque todas las personas del mundo pueden presenciar al mismo puñado de deportistas. Por eso, hay infinitamente más preparadores físicos que atletas profesionales. Sucede lo mismo en otros contextos. Por ejemplo, la cobertura de una estrella de rock es prácticamente ilimitada, porque todos podrían escuchar la misma canción, mientras que la cobertura de un docente de música es mucho más limitada. Por eso hay lugar en el mundo para muchos docentes de música y pocas estrellas de rock.
El reparto de las recompensas evoluciona con el tiempo y, lamentablemente, suele hacerlo siempre en la misma dirección.
Hace dos mil años, el mundo de los deportistas se parecía más al de los preparadores físicos, porque antes de la televisión, la cobertura de cada deportista era mucho más limitada. Era imposible que un mismo deportista cautivara la atención de todo el mundo.
Si mañana apareciera una nueva tecnología para que cada abogado cubra a tantos clientes como quiera, sin detrimento de la calidad, la abogacía pasaría a ser como el deporte profesional y el estrellato del rock. La mayoría de los abogados perderían su trabajo, menos gente estudiaría abogacía, y el puñado de abogados que pelea el primer puesto se quemaría las pestañas estudiando noche y día, con el sacrificio desenfrenado de los deportistas de alto rendimiento.
En general, las tecnologías que incrementan el alcance o la cobertura hacen que los juegos se parezcan cada vez más a juegos donde el ganador se lleva todo.
El alcance ilimitado
Hace algunos siglos, era imposible estar al tanto de personas muy distantes, por lo que el alcance de los referentes culturales era limitado. Existía la fama, pero no se podía estar al tanto de la gente famosa. Como mucho, uno podía ver al rey en una moneda o escuchar un edicto oficial a través de un mensajero.
El alcance limitado de los famosos obligaba a ver a la gente alrededor, y el mundo de la popularidad funcionaba como el mundo de los abogados, los preparadores físicos y los profesores de música. Había un ecosistema en que la gente se prestaba atención en forma horizontal, y había lugar para todos.
Con el auge de las redes sociales, el alcance de una persona puede ser virtualmente ilimitado. Esto permitió que la atención se concentrara en pocas celebridades.
Esto causó problemas graves, porque la atención de los demás es una recompensa inconsciente en muchos “juegos”. Tocar la guitarra, hacer malabares, vestirse bien, recitar un poema, ir a misa, citar a Hegel… En parte nos motivan, a veces inconscientemente, por la sutil recompensa de recibir reacciones cálidas de la gente a nuestro alrededor. Casi de golpe, una infinidad de juegos cotidianos se transformaron en juegos en que el ganador se lleva todo.
Un erudito de bar narraba curiosidades sobre los filósofos y respondía preguntas sobre la astronomía y el espacio. De repente, todas las respuestas y curiosidades pasaron a estar en internet, en boca de las personas más carismáticas del mundo. Desde que nadie le pregunta, dejó de leer tanto como antes.
Una abuela disfrutaba mantener y decorar su cuaderno de recetas todas las semanas. Lo llevaba a las reuniones porque siempre le hacían preguntas. Ahora hay miles de recetas con videos al alcance de un clic. Desde que dejaron de preguntarle, ya no cuida el cuaderno con tanta pasión.
Las redes sociales transformaron a la mayoría de nosotros en espectadores de un puñado de estrellas. La reacción más natural al nuevo juego es la desgana generalizada. Siempre existe una banda mejor, un malabarista mejor, un corredor más veloz.
Cuando el ganador se lleva toda la atención, la respuesta más “inteligente” es abandonar. La crisis de motivación social es el modo que nuestras emociones encontraron para avisarnos que la red actual premia sólo el estrellato y que, para la mayoría, esforzarse no vale la pena.
Hola!
Soy Juan, escribí la nota de arriba. Es la primera de una serie que muestra cómo varias tendencias culturales de la actualidad son reacciones esperables ante los juegos donde el ganador se lleva todo.
Este es el primer correo que enviamos a través de Substack. Si tenés una cuenta y querés recomendar este newsletter, nos darías una gran alegría.
Finalmente, quiero recordarte que la semana pasada publiqué un ensayo sobre el problema fundamental que tienen nuestras estructuras de cooperación, y cómo genera la crisis ambiental, la crisis de salud mental, la concentración de poder y otros grandes problemas de nuestra sociedad. Le dediqué mucha energía a lograr que fuera breve, claro y conciso. Te lo recomiendo!
En realidad, la actividad de correr ofrece otras recompensas además del premio de ganar la carrera. Por ejemplo, aporta salud y participación de un grupo humano, que no son recompensas de la carrera en sí sino de otros “juegos” lindantes. Esto hace que, en este ejemplo, el efecto sobre la motivación no sea tan drástico como podría serlo. En dos semanas, voy a hablar sobre la importancia de jugar juegos alternativos al juego principal cuando el ganador se lleva todo.
En el mundo entero, la diferencia entre una medalla de oro y una de plata es abismal. Dentro de una escuela, la diferencia no es tan abismal. Dentro de una pequeña comunidad, las amistades y la valoración del grupo también forman parte de las recompensas, por lo que las carreras en esos casos se alejan de ser juegos donde el ganador se lleva todo. Este, en particular, será el tema de la nota dentro de dos semanas.

Leí la primer parte y fue suficiente para apreciar el valor del texto , Gracias
Interesante texto.
Una pregunta: ¿Cómo convive esto que mencionas sobre que con las redes sociales toda la atención se concentró en pocas personas, con el hecho (o al menos sensación) de que hay también gente que es super famosa y/o tienen muchos seguidores pero que a la vez son super desconocidos para otro grupo de gente?
Por decirlo de otra manera, se me hace que hoy hay influencers con mucho mas seguidores que Sandro, pero que no alcanzan su nivel de fama generalizada