18 Apr 2020

La propiedad y los datos

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Interactuar es intercambiar información. Cuando lo hacemos con gente tenemos las cosas bastante claras. La mayoría de nosotrxs aprendió, con los años, cómo sonreír para ocultar que hay alguien a quien no nos bancamos, qué palabras usar para exponer cuánto amamos, cuánto dicen nuestros ojos si mentimos o cómo sentarnos en clase para demostrar concentración. Sabemos, también, que en general del otro lado no hay alguien tomando nota de cada detalle. Estoy bastante seguro de que nadie con quien haya charlado tiene un registro de todo mi historial de acciones, palabras y movimientos, y más seguro aún de que no tienen esas mismas anotaciones sobre una cantidad de personas suficiente, ni el tiempo de estudio necesario, como para poder sacar conclusiones generales sobre la relación entre qué está pensando y cómo se muestra una persona. Como somos bichos sociales, sabemos ser transparentes y opacos. Del otro lado hay gente que en general no puede ver muchísimo más que eso que queremos mostrar, o que al menos no le dedica el tiempo, la atención ni la construcción necesaria de teoría predictiva. Nuestra vida social, nuestra libertad, nuestra identidad personal e incluso nuestra dignidad se sostienen a partir del moderado control que podemos tener sobre qué mostramos y qué no. El cimiento de nuestra vida pública es la privacidad personal.

Sabemos que con el celular, la computadora, y hasta con algunos electrodomésticos la cosa es muy distinta. Ni es un área de interacción de la que somos nativos, ni tenemos automatizado el proceso de cuidar bien qué comunicamos, ni la interacción está tan espaciada en el tiempo. Y más aún, todos estos dispositivos hacen lo que las personas no: son canales de información que van derechito a servidores de empresas de informática, donde quedan registros rigurosos y sí existen las tecnologías de cómputo suficientemente poderosas como para hacer los estudios comparativos que permitirían que se sepa mucho más de mí de lo que quiero mostrar.

¿Por qué acumular toda esa cantidad de información? El costo de mantener esas comunicaciones, bases de datos y centros de cómputo es altísimo. Ningún comité directivo admitiría tales costos si fuera cosa de satisfacer un gusto por el chusmerío. El meollo de la cuestión es que es una herramienta sumamente productiva. Es, con todas las letras, una forma de capital, probablemente mucho más útil de lo que hoy podamos imaginar. Ya discutimos sobre cómo puede usarse para controlar la transmisión de discursos en redes sociales o para evitar el caos que la pandemia actual está causando. Indiscutiblemente es una herramienta logística fantástica, un instrumento para la vigilancia sin precedentes, un campo de estudios excelente para el marketing, y un pantallazo de la humanidad que podría dar insights para la sociología, la psicología y hasta la inteligencia artificial, respecto de los cuales los adjetivos probablemente me quedarían cortos.

Por un lado, tanto poder en tan pocas manos podría poner en riesgo la democracia y el mismísimo estado de derecho, y ni hablar del costo de oportunidad que implica que no podamos hacer usufructo público del mismo. Por el otro, distribuir sin más ese poder da por tierra a toda esa privacidad que quisiéramos tener. La libertad, la democracia y la igualdad parecen consignas muy abstractas si se oponen a lo concreto de la imagen de la pérdida completa de nuestra privacidad, de la desnudez absoluta, de que quien quisiera pudiera acceder a tanta información tan mía de qué dije, qué hice y dónde estuve, tanto en línea como en el mundo.

La primera salida del dilema que nos puede venir a la cabeza es la ludista, de prender fuego cada uno de esos servidores. La realidad es que por un lado eso destruiría una enorme porción de las cosas que hoy nos gustan y del modo en que nos comunicamos y vivimos, y por otro lado destruiría quizás la herramienta más poderosa que construimos hasta ahora, antes siquiera de que aprendiéramos a usarla para el bien.

En la tradición marxista, desde el propio manifiesto, se menciona un problema similar al que vemos acá sobre los datos. Es la distinción entre propiedad privada y propiedad personal. La idea es distinguir dos aspectos de la propiedad, respectivamente: uno inevitable y hasta deseable, y otro que es el que produce injusticia y explotación, y debería abolirse. La propiedad personal refiere principalmente a bienes muebles, pero a veces incluye a la vivienda y a otros bienes de uso o de consumo personal. Incluiría también a las cosas que tienen un valor especial para nosotros, y podríamos pensar incluso en incorporar en esta categoría a todo aquello que constituya parte de nuestra identidad personal. La propiedad privada a la que se opone el marxismo no es esa, sino la de los medios de producción o de las grandes extensiones de tierra que incrementan la desigualdad entre las personas, y respecto de la cual el beneficio público de su socialización sería sumamente significativo.

Cuando hablamos de liberar el acceso a ese cuerpo gigantesco de datos, a esa herramienta que generamos colectivamente y que pocos usufructúan, nos llenamos de inquietudes. Esto es porque nuestros datos, en principio, cumplen con los dos aspectos de la propiedad. El conjunto de datos personales cae en la primera categoría, son nuestros, propios, son datos privados y de una intimidad que desearíamos que fuera inviolable. Querríamos poder controlarlos como lo hicimos siempre antes en la historia. Sin embargo, el cuerpo total de los datos sociales, que incluye al conjunto anterior y más pequeño de los datos nuestros, cae en la otra, y probablemente con el tiempo lo haga cada vez de un modo más rotundo.

Frente a la objeción de que el comunismo aboliría la propiedad personal, Marx y Engels, en su manifiesto, no sólo afirman que no apuntan a hacer tal cosa, sino que además replicaban observando lo siguiente: esa misma propiedad, la de la casa y los objetos, ya la estaban aboliendo los mismos capitalistas en el siglo XIX. La observación, que ya no aplica del todo a esa clase de bienes, sí aplica de algún modo a nuestros datos. Aunque sea cierto que conservamos nuestra privacidad respecto de muchas personas, ésta no existe para los centros de poder. Tienen, además, el poder de destruirla para todo el resto en cualquier momento. Es sorprendente, pero nunca tuve con nadie una relación de tanta intimidad como con facebook (aunque bastante unilateral, por cierto).

Existen, por supuesto, soluciones a estas inquietudes que permitirían socializar los aspectos productivos de los datos a nivel social, sin por eso incurrir en violaciones de la privacidad personal. Una de ellas es anonimizar los datos de manera tal que para cada individuo virtual sea muy difícil de rastrear su contraparte humana. Existen varios métodos criptográficos que permitirían hacer eso de modo seguro, y así lograr distribuir el potencial de aprendizaje enorme que significa tanta información sin que nos amenace. Implicaría que la base de datos que nos fuera accesible no relacionara cada acción registrada con una persona, sino con algún número o identificador del cual no conocemos su denotación. Por supuesto que algunas acciones deberían ser filtradas para que este método fuera efectivo, como la enorme cantidad de correos electrónicos que envié en que puse mi firma.

Otra posibilidad, de menos alcance democrático y productivo pero más segura aún, es la socialización de los datos bajo privacidad diferencial. El concepto, en este caso, es no liberar la base de datos en sí (como individuos virtuales de los cuales no se sabe quiénes son) sino las conclusiones estadísticas o generales que nacen de sus estudios. El uso productivo de los datos nace de sus análisis generales, con lo cual, si se distribuyen los frutos de esos análisis y sólo ellos, el riesgo de violación de la privacidad es mínimo. Este último caso trae otros problemas. ¿Cómo auditar que se distribuyen todos los frutos si el proceso se mantiene en secreto? Pero asumiendo que pudiera garantizarse que el cumplimiento, seguirían reteniendo el poder absoluto de decisión sobre qué aprender, qué mostrar y para qué usar esa herramienta de poder sin precedentes.

¿Cómo superar esta contradicción entre privacidad y soberanía? ¿Qué estrategia se puede tomar para distribuir esa forma de propiedad privada sin defenestrar nuestra propiedad personal? ¿Cómo están almacenados todos esos datos? ¿Exactamente cuáles son? ¿Cuáles hay que distribuir? ¿Cuáles pueden ser anonimizados como medida suficiente de seguridad? De aquellos entre los que no, ¿quiénes decidirían qué investigar, quiénes investigarían, y quiénes auditarían el proceso si se usara el método de privacidad diferencial? Son discusiones que incorporan aspectos técnicos y ético-políticos, y que llegado el caso, no parecen ser resolubles de un día para otro.


Escrito por: Juan Fernández Zaragoza

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