19 Sep 2020

Robots, leyes y Sur

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Históricamente, la legislación que regula la producción, la distribución y los usos de nuevas tecnologías fue surgiendo en forma posterior a su difusión generalizada. Aparecía una tecnología, se la comenzaba a utilizar, y luego, ante los riesgos y peligros observados en la práctica, y ante las oportunidades que podía verse que ofrecía, se establecían leyes para moderarla en sus diversos aspectos. Ante el riesgo del uso distractivo de teléfonos celulares al conducir se prohibió su uso en dichas circunstancias, ante la creciente importancia de internet como tecnología de comunicación se estableció su libre acceso como parte del derecho básico a la libertad de expresión. Hoy en día, cada vez más y por diversos motivos, existen presiones para que la legislación respecto de las nuevas tecnologías no se haga esperar tanto.

Por la enorme capacidad de comunicación que hoy tenemos y el dinamismo del desarrollo tecnológico, creció mucho la velocidad de aparición y de difusión de nuevas tecnologías. A su vez, el aumento del poderío técnico permite que muchas de las nuevas tecnologías generen un alto impacto de manera veloz. Si la legislación espera a que se difunda y observe el uso, una tecnología dañina de alto poder podría gozar de un período en el cual tenga la capacidad de hacer mucho daño incluso en el marco de la legalidad. Además, existe la posibilidad de que surjan tendencias irrefrenables frente a las cuales la legislación tras la difusión sea completamente inútil. Como ejemplo extremo, si una tecnología permite concentrar poder coercitivo y de manipulación de la opinión pública en pocas manos, ¿con qué espalda podría la ley enfrentarlo después?

La necesidad de legislar de antemano se está teniendo en cuenta, y tiene ciertas dificultades. Es necesario entender con cierta precisión las tecnologías de las cuales se habla, aquellas que pueden plausiblemente aparecer con prontitud, pero además considerar cuáles pueden ser sus efectos a nivel social. Para esto, se requiere tanto la participación de personas con formación en ciencia y tecnología como en disciplinas humanísticas. Además, como se habla de futuros posibles, hay que suponer, imaginar, hay que pensar de manera condicional, y como se discute la ley potencial, hay que llevar a cabo esas tareas de pensamiento con los ojos puestos en los problemas y las consecuencias éticas de cada uno de los supuestos antedichos. Por suerte, existe gente que hace ya unos siglos discute sobre ética, se entrena en argumentación, en el arte del experimento mental, se dedica a pensar a partir de supuestos, y llega a discutir acaloradamente sobre las consecuencias éticas del rumbo que ciertos tranvías imaginarios podrían tomar en circunstancias ficticias de lo más diversas. Estas personas son las que se dedican a estudiar y producir filosofía, y son un componente importante de los grupos que apuntan a dedicarse a funcionar como consultoría para la legislación en torno a las tecnologías que nos podría ofrecer el porvenir próximo.

Funcionan grupos así. Sobre todo en universidades privadas del hemisferio norte. El ejemplo más claro es el Future of Humanity Institute, basado en la universidad de Oxford, que repetidas veces ha sido consultado tanto por el parlamento Británico como por la Unión Europea para llevar a cabo estas tareas. Pero las conclusiones éticas, teóricas y legales que puede establecer cualquier grupo de gente también está condicionada por factores sociales, políticos, geográficos y económicos, y dicho grupo no es la excepción. Han llegado a proponer argumentos en favor de un régimen global de vigilancia, o a proponer nuevos impuestos a empresas de tecnología a partir de cierto umbral de poderío económico que ni siquiera alcanzarían a Apple (y consecuentemente a ninguna de las empresas actuales del oligopolio informático). ¿La justificación de esto último? Están pensando en que si en algún momento estas empresas acaparan casi todo el poder productivo, mediante la automatización de tareas, el capitalismo debería seguir funcionando como tal, pero cobrándoles un poco más de impuestos. A tal punto que proponen que si una empresa adquiere toda (literalmente toda) la capacidad productiva del mundo, el sistema debería seguir funcionando igual salvo por la diferencia de que se les deberá cobrar un impuesto que no llegue a la mitad de sus ingresos netos.

Muchas veces, los países del sur global adoptan leyes discutidas y propuestas desde el norte. En algunos casos esto es dañino porque las leyes de allá no consideran la realidad social y económica de nuestros países del sur, y por lo tanto pueden generar efectos indeseados. En otros, es dañino porque dichas leyes responden a intereses que se contraponen directamente a los de acá. Pero legislar es necesario, es importante hacerlo pronto, y no podemos establecer una legislación propia fuerte sin formar grupos análogos al que funciona en la universidad de Oxford.

Podemos nutrirnos de la diferencia, de la perspectiva que da nuestra realidad diferente. Podemos aprovechar la libertad para hablar que implica tener universidades y ciencia pública, en oposición a los condicionamientos que producen las grandes donaciones a las universidades e institutos privados. Quizás la diferencia en recursos opaca nuestra ventaja en términos de perspectiva y libertad. Pero es indispensable, ante un mañana tan incierto, la construcción de un grupo con un programa similar, que se introduzca en los debates pertinentes, interdisciplinario, formado y de vanguardia, pero íntegra y profundamente latinoamericano.


Escrito por: Juan Fernández Zaragoza

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