Desconfío cuando un casino digital ofrece créditos gratis. Desconfiaría si un narcotraficante me ofreciera dinero. Desde hace algunos años, los empresarios más poderosos del oligopolio informático sugieren un salario básico universal. Cuando Sam Altman, Elon Musk y Mark Zuckerberg insisten en que todos ganemos dinero sin trabajar, mejor desconfiar.
Solemos imaginarnos al salario básico universal como un salvavidas en caso de que la IA nos quite el trabajo. Sin embargo, pasamos por alto que el problema más grave no sería que la IA nos reemplace, sino que reemplace a los demás. El salario básico universal mitiga el primer problema pero agrava el segundo, que es peor. Para ver por qué, veamos un ejemplo.
Yo no soy abogado. Si, en el futuro, aparece una IA capaz de hacer lo mismo que un abogado, mi trabajo no quedaría amenazado. Esa IA ofrecería servicios legales más baratos que los humanos. Miles accederían a asesorías legales por primera vez, y bajarían los costos para todas las empresas. Entonces, el día que la IA reemplace a los abogados, se alegrarán todos menos los abogados.
Con el tiempo, la gente dejará de estudiar abogacía y desaparecerán los abogados humanos. En ese escenario, cualquiera que necesite servicios legales tendrá una sola alternativa: contratar a la empresa de IA. Por ser la única alternativa, la empresa podrá aumentar sus honorarios. Antes, cobraba menos que los humanos para que conviniera contratarla1. Sin competencia, ahora podrá cobrar cualquier precio a quienes necesiten un abogado con urgencia.
Faltos de abogados humanos, querríamos que varias empresas de IA compitan entre sí para ofrecer servicios legales a precios razonables. Lamentablemente, es improbable que esto suceda porque la IA genera monopolios naturales. Las plataformas de IA con más usuarios ganan más recursos para mejorar sus modelos y conseguir más usuarios. Los usuarios tienden a converger en las plataformas más grandes, que desarrollan mejores modelos, y esa dinámica genera oligopolios y luego monopolios. Nuevamente, la falta de alternativas obliga a aceptar cualquier condición. Ya lidiamos con oligopolios cotidianamente: las empresas de celulares pueden aumentar sus precios sin avisar, las plataformas de reparto y compraventa ofrecen una atención al cliente prácticamente nula, y las prepagas brindan servicios de salud cada vez más caros y peores2. Con el tiempo, el oligopolio de abogacía artificial aumentará el precio y empeorará el servicio3.
Además de no ser abogado, tampoco soy radiólogo. Cuando la IA reemplace a los radiólogos, podré alegrarme mientras mis costos médicos bajen en el corto plazo. El problema es que, en el largo plazo, cuando desaparezcan las alternativas y haya un monopolio radiológico, mis precios van a dispararse y voy a añorar el pasado en que existían los radiólogos. Tampoco soy médico clínico ni analista en ciberseguridad, pero si algún día los reemplazan, terminaré pagando sumas exorbitantes por servicios que antes eran accesibles.
Pero hay una dificultad. Cuando aparezcan los abogados artificiales, los abogados de carne y hueso no se van a alegrar. Se van a enojar. Van a hacer pancartas, dar discursos y reclamar regulaciones. Van a ser el principal obstáculo para que las empresas de IA se transformen en un monopolio superpoderoso. En otras palabras, las primeras víctimas del avance de la IA van a reaccionar y tomar represalias. Lo mismo harán los radiólogos, los médicos clínicos, los analistas de ciberseguridad y cualquier otro profesional reemplazado. Mientras los nuevos desempleados y primeros perjudicados se levantarían contra el monopolio, el resto de la humanidad se alegraría de las nuevas y mejores ofertas, y sólo sufriría la falta de abogados y radiólogos cuando ya sea demasiado tarde y el monopolio ya esté en pie.
La solución, para las empresas de IA, es directa. Basta ofrecer un ingreso estable a los abogados, a los radiólogos, a los médicos clínicos y todos los profesionales reemplazables para desarmar la barrera. Los nuevos desempleados ya no perderán sus medios de vida, y las empresas podrán avanzar libremente sobre nuestras profesiones. El salario básico universal mitiga el problema individual de ser reemplazado por la IA, pero agrava el problema social de que reemplace a los demás. Es como el cuento del agua que hierve despacio para que las ranas no reaccionen y se queden hasta ser cocinadas. Con el tiempo, cualquier servicio profesional será tan caro y tan malo como hoy lo es cualquier oligopolio.
Proteccionismo humano
Cuando Internet Explorer se transformó en un monopolio, Microsoft disolvió el equipo de desarrollo y dejó de actualizar la aplicación. Detuvieron las mejoras durante 5 años hasta que apareció Firefox, alternativa de software libre, y se vieron obligados a volver a mejorar la aplicación para retener a sus usuarios. Firefox no ayudó sólo a sus usuarios, sino también a quienes siguieron usando Internet Explorer.
En el mundo del futuro, preservar las profesiones reemplazadas será crucial, pero difícil. Supongamos, por ejemplo, que la empresa de IA decide cobrar siempre 5 dólares menos que el abogado humano, para asegurarse los clientes. En ese escenario, a todos les conviene que el abogado ofrezca sus servicios (porque reduce los precios de la IA), pero a nadie le conviene contratarlo (porque es más caro) y entonces a nadie le conviene ser abogado (porque nadie lo contrata). Resolver ese dilema requiere cooperación a gran escala.
En resumen, preservar las profesiones reemplazadas por la IA es un asunto de interés público, porque las alternativas humanas determinan las condiciones que nos ofrecen los monopolios. Que haya miles de abogados y radiólogos nos beneficia aunque no nos demos cuenta, y un salario básico universal podría ayudar a desarticular esas profesiones. Mientras no garanticemos que la IA sea un bien público ni consigamos obligar a los oligopolios a traer ofertas potables, el salario universal destruirá nuestras condiciones de negociación.
Además, nada impide que el salario universal desaparezca después de que hayan adquirido el monopolio y desarticulado cualquier resistencia.
Hola!
Soy Juan, escribí la nota de arriba. Quería recordarte que vamos a dar un curso en Cenital sobre uso y abuso de la Inteligencia Artificial con Valentín Muro durante el mes de septiembre, y va a estar muy lindo.
Si recién llegás, en las últimas semanas hubo una serie de notas que incluyen desde por qué crecieron tanto las apuestas hasta los rasgos comunes entre las contraculturas, pseudociencias y utopías. Estos días las estoy compaginando y sumando algunas ideas para mandarte un ensayo más completo sobre cambios en el mundo actual.
Todo lo que escribo es industria humana. No redacto con IA. Si algo de esto te parece importante o valioso, podés compartir la nota y traerme una alegría.
Te mando un abrazo grande,
Pronto más noticias,
Juan
Podía, incluso, cobrar un poco más, si funcionaban mejor o más rápido. Pero no podía cobrar muchísimo más, porque ahí volvería a ser preferible contratar un abogado humano. Aún si pudiera ser un poco más caro, el precio que las empresas podían cobrarnos estaba anclado por cuánto nos cobraría un abogado de carne y hueso.
Las empresas eléctricas también son monopolios. No pueden cobrar precios exorbitantes porque están reguladas por el Estado. El problema es que es prácticamente imposible que un estado regule a un oligopolio de IA capaz de reemplazar a la mayoría de los trabajos humanos. Las concentraciones de poder económico tan grandes no se subordinan a los Estados, sino que ganan poder suficiente para desplazarlos y proponer nuevas reglas, del mismo modo que la revolución industrial desplazó a los Estados monárquicos y propuso reglas afines al mercado.
Una vez constituido un monopolio y desaparecidos los abogados, incluso si los precios de los abogados son altos y atractivos, a nadie le convendría estudiar 6 años de abogacía para ofrecerse como alternativa más barata, porque la empresa de IA podría perfectamente volver a bajar los precios y dejarlo sin trabajo de un día para otro.
