Traperos contra haters

La escena under, Buda Gautama y el cristianismo.

Me interesa que los músicos actuales canten tanto contra sus haters. Aunque siempre hubo quienes usaron el arte para responder a las críticas, hace algunos años esto se da más intensamente.

Antes de ir al grano, vale la pena mencionar algunos factores que podrían contribuir a la cruzada entre las celebridades y sus haters, pero que no son el asunto central de esta reflexión. 

Para empezar, las plataformas permiten insultar a la distancia y desde el anonimato sin grandes repercusiones. Emitir insultos similares en la calle sería riesgoso. Es probable que los artistas e influencers reciban palabras de odio más graves en la actualidad que en décadas anteriores, lo cual podría despertar reacciones más fuertes contra sus críticos. Aunque esto sea cierto, el anonimato es un problema desde que internet existe, y las redes sociales se masificaron hace más de una década. Debe existir otro catalizador de la tendencia reciente. 

Por otra parte, pelearse vende. Si dos chicos pelean en el recreo, los demás se asoman a mirar. Cuando hay una pelea en la calle, la gente mira y filma. Las peleas capturan la atención de cualquier primate porque implican posibles desplazamientos de poder, algo que era importante tener en cuenta para navegar la vida comunitaria. Por ese motivo, los chismes sobre peleas y las enemistades despiertan nuestro interés, las películas de acción nos entusiasman, y las canciones de trap que muestran esas enemistades tienden a recibir likes, compartidas y, consecuentemente, dinero. Eso puede amplificar la tendencia a expresar peleas públicamente, pero también es algo que existe hace mucho, y no termina de explicar por qué surgen las peleas en primera instancia.

Hay algo que sí pasa con internet hace menos tiempo y excede al anonimato y al interés humano por las peleas: la centralización de la atención en las redes sociales. Pasar de Facebook a Instagram implicó pasar de tener amistades, un vínculo simétrico, a la dinámica de seguidores y seguidos. Entonces pudimos seguir, y ver cotidianamente, a personas que no son amigos nuestros y ni siquiera nos conocen. A medida que seguimos a las personas que más cautivaron nuestra atención, dejamos de vernos entre pares, y todos empezamos a ver a las mismas caras famosas. Con el auge de los reels y TikTok, las redes sociales se transformaron en plataformas de entretenimiento.

La centralización de la atención o las jerarquías nos hace sentir mal, porque nos mueve hacia lugares periféricos o insignificantes. Y ahí hay una clave para entender de dónde nacen estas nuevas peleas: durante toda la historia de la humanidad, las personas hemos formado pequeñas comunidades en resistencia a las grandes centralizaciones.

Por ejemplo, en las polis griegas, los ciudadanos libres participaban de la administración de los asuntos públicos. Tras las conquistas de Alejandro Magno, las polis cayeron y la administración pasó a manos imperiales. En respuesta al desamparo de quienes habían perdido un lugar importante en su comunidad, surgieron escuelas filosóficas como el epicureismo o el estoicismo que, aunque proponían teorías diferentes, compartían una práctica: vivir, pensar y relacionarse dentro de la pequeña comunidad asociada a la escuela. Algo similar había sucedido cuando, tras la unificación de dieciséis estados en cuatro grandes reinos en la antigua India, Buda Gautama empezó a compartir sus enseñanzas, y lo mismo sucedería después, cuando la República de Roma se transformó en Imperio y nacía una pequeña secta que hoy denominamos cristiana. 

A pesar de sus diferencias superficiales, todos estos fenómenos siguen un mismo patrón a nivel sistémico: 

  1. Centralización del poder en la sociedad mayor.

  2. Devaluación de la posición individual en el sistema dominante.

  3. Formación de comunidades alternativas con valores propios

Con la centralización de la atención en las redes sociales, y la cultura en general, sucedió algo parecido. Si ya están ocupados todos los lugares en el hip hop, una pequeña comunidad puede inventar un nuevo estilo. Surge un under en que ya nadie es invisible. Hay lugar para todos, es una comunidad, y todos son felices. A nivel sistémico, la respuesta del trap al hip hop es la misma que la del cristianismo a Roma.

Para que se sostengan las pequeñas comunidades, todos deben participar. En general, como todos se benefician del grupo pequeño (en que todos son importantes), todos deben poner su parte para sostenerlo. Así como para el cristianismo es obligatorio ir a misa los domingos, para el under de la música o la poesía se entiende que los artistas deben asistir a las presentaciones de sus pares, y para el grupo de amigos es sagrado asistir al “fútbol de los martes”. Estos requisitos de participación se sostienen en el tejido de reconocimiento: cuando implementar las reglas forma parte de las reglas, lo conveniente para todos es seguir e implementar las reglas. Entonces el sistema se sostiene por sí mismo, reconoce a quienes aportan a la comunidad, y penaliza a quienes la debilitan.

Las personas no pensamos en el reconocimiento conscientemente, sino que lo implementamos en forma intuitiva mediante algunas emociones. Entre ellas, el desprecio percibe que alguien perjudicó a la comunidad y empuja a penalizarlo, y la envidia percibe que alguien recibe más reconocimiento del que merece y empuja a recalibrarlo. 

El problema surge cuando esas pequeñas comunidades crecen. Por ejemplo, cuando el catolicismo creció y se transformó en una jerarquía gigante, volvieron a surgir pequeñas comunidades críticas del mismo (desde las herejías en la antigüedad hasta las corrientes evangélicas actuales). El hip hop, en su momento, también había sido una pequeña escena surgida en respuesta al pop, y el trap surgió en respuesta a la popularización del hip hop.

En el instante en que un músico del under adquiere popularidad a gran escala, se desintegra el ecosistema de paridad que había en la escena pequeña. La respuesta natural de quienes eran miembros de la escena es rechazar a quienes la debilitaron (porque así funciona el desprecio), y envidiar a quien se lleva todo el crédito de una escena creativa construida entre todos.

El trap nace como pequeña comunidad under en respuesta a una escena hip hop saturada, y ofreció una horizontalidad necesaria para el bienestar emocional y el desenvolvimiento creativo de sus miembros. Se sostenía por códigos de reconocimiento, que empujan a penalizar a quien debilita a la comunidad. Automáticamente, volverse mainstream, y volver mainstream a lo que era una pequeña comunidad, desintegra el ecosistema de paridad que existía antes. El hate estaba predestinado.

Hola!

Soy Juan, escribí la nota de arriba. 

De la idea anterior queda una pregunta: si la comunidad under penaliza a quienes buscan volverse mainstream, ¿por qué algunos artistas lo hacen igual? 

La semana que viene vamos a analizar la respuesta, que tiene que ver con cómo algunas normas sociales se debilitan en las redes actuales. Será una reflexión interesante. Por ejemplo, lleva a entender cómo pudo masificarse OnlyFans en una cultura que condenó durante tanto tiempo a la sexualidad femenina.

¿Te divierten estas notas sobre temas más cotidianos?

Por último, quiero contarte que el año que viene quiero empezar la revolución networkista, que implica diseñar e implementar un mejor sistema económico, sin externalidades ni concentración arbitraria de poder. Pienso escribir sobre esto en el correo del 4 de enero. 

Si querés saber más sobre la revolución networkista, podés leer:

  1. El resumen sobre los tejidos de cooperación que regulan la sociedad.

  2. El ensayo que describe de dónde nacen las grandes crisis del presente y cómo arreglarlas.

  3. El libro que escribimos con Valentín Muro sobre cómo funcionan el poder económico y las revoluciones (y por qué el marxismo y la economía mainstream no la vieron).

Por último, quiero desearte una muy feliz navidad.
Yo voy a brindar por el sentido de comunidad, por tejer redes,
y por esta hermosa frase de Meister Ekchart:

“Si la única oración que dijeras en toda tu vida fuera 'gracias', sería suficiente.”

Un abrazo grande,
Juan

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