Cuando apostar se vuelve sensato
Juegos de azar en todas partes
La imagen de Diego Maradona publicitaba apuestas durante el mundial. En el fútbol argentino, el sponsor de Boca es Betsson y el de River es Betano, dos casas de apuestas en línea.
Sabemos que las casas de apuestas siempre ganan y los jugadores pierden, pero el negocio es más grande que nunca. La interpretación usual es que apostar siempre es un error porque en promedio lleva a perder plata, lo que implicaría que todos los jugadores están locos o equivocados. En realidad existen contextos donde apostar tiene sentido, incluso cuando en promedio pierde plata.
Es importante entender qué causa el vuelco generalizado al juego para intervenir la causa raíz, en lugar de seguir intentando campañas de concientización poco efectivas. Cuando miles de personas parecen tomar actitudes necias, es posible que el mundo, patas arriba, haya vuelto racional lo que antes era irracional.
Hay una clave para entender cuándo las apuestas son sensatas en los clubes de ahorro.
Los clubes de ahorro
Los grupos de ahorro rotativos son comunes en varias regiones pobres alrededor del mundo. Un grupo así podría funcionar de la siguiente manera: se juntan 20 personas, cada una pone 5 dólares, y luego sortean los 100 dólares entre todos los participantes. Los participantes que ya ganaron quedan excluidos de ganar hasta que el premio le haya tocado a todos.
Estos clubes suelen nacer espontáneamente, sin mediación empresarial, y funcionan en países tan diversos como Bangladesh, Sudáfrica, o Perú. Los clubes de ahorro no son casas de apuestas, pero ayudan a explicar una parte de la película, porque siempre implican un riesgo. Si todo funciona bien, en 20 turnos ponemos 100 dólares y ganamos 100, en promedio no ganamos nada. Sin embargo, siempre está el riesgo de que alguien falle, y ahí habremos puesto 100 y ganaremos 80 (o 0 en el peor de los casos). Entonces, implican perder plata en promedio, pero aun así la gente se organiza para participar1.
La clave para interpretar este fenómeno es que a veces el dinero vale más cuando está junto que cuando está separado. A veces, un dólar cada día compra comida para uno, pero 100 dólares compran una máquina de coser para alimentar a una familia. 100 dólares podrían cancelar los intereses de una deuda, mientras un dólar al día podría llevar a pagar intereses para siempre. Un dólar al día obliga a comprar el shampoo en sobres, más caro que hacer una gran compra mayorista. 100 dólares compran una visita del médico para curar una enfermedad que dificulta trabajar. En todos estos casos, tener 100 dólares es más que 100 veces mejor que tener un dólar.
Cuando la plata junta vale más, vale la pena arriesgarse a perder para acumular dinero. Si 90 dólares juntos permiten comprar más víveres en el mayorista que 100 dólares por separado, entonces convendría sumarse a un club de ahorro incluso si en promedio nos lleváramos 95, 93 o 91 dólares por cada 100 que pongamos. Perder un poco de dinero es sensato siempre que acumular traiga más valor.
El problema es que, en general, lo anterior sólo sucede en la pobreza extrema, mientras que en la riqueza sucede lo contrario. Ganar 100 mil dólares cuando no tenés nada te cambia la vida, mientras que a Elon Musk no le hace la diferencia. Otra forma de ver la misma idea es que 100 personas podrían preferir sortear 100 dólares entre todos en lugar de repartir uno a cada uno, pero de ninguna manera preferirían sortear 100 millones antes que repartirlos y asegurarse un millón cada uno. En la riqueza, el dinero vale cada vez menos, por lo que los grupos de ahorro no terminan de explicar la ludopatía y el dinero fácil. Los esquemas Ponzi, las estafas piramidales y las casas de apuestas prometen ser millonario, no juntar 100 dólares, y apuntan a la clase media, no a la pobreza extrema.
Como en las grandes fortunas el dinero vale cada vez menos, lo sensato en ese caso siempre fue des-apostar, o “asegurar” el dinero lo más posible. El lado “B” de las apuestas son las compañías de seguros.
Las compañías de seguros
Un grupo de beisbolistas jóvenes entrena todos los días. Todos ellos son extremadamente talentosos, pero los deportes tan exigentes requieren algo de suerte además de talento. Posiblemente, uno o dos llegarán a las grandes ligas y ganarán varios millones, pero la mayoría no llegará y eventualmente abandonará el juego.
En la sección anterior, preferíamos repartir 100 millones de dólares en lugar de sortearlos entre 100. Los beisbolistas jóvenes se encuentran en una situación similar. Pueden elegir que el que triunfe se lleve todo y el resto nada, o asegurar que el que triunfe reparta, digamos, un 20% de su sueldo entre los demás. Para el profesional, un 20% menos es una leve molestia, pero al resto de los participantes les cambia la vida2.
Este tipo de mecanismos se conocen como pooling de recursos, y funcionan como “anti-apuestas”. Tienen un espíritu similar a las compañías de seguros o los fondos de inversión, en el sentido de que los participantes deciden distribuir, en lugar de acumular, las ganancias (o las pérdidas). Es un mecanismo inverso a los clubes de ahorro, precisamente porque en las grandes fortunas el dinero vale cada vez menos en lugar de cada vez más3.
Si en la riqueza lo sensato es apostar cada vez menos, los esquemas Ponzi y las apuestas millonarias no parecen tener sentido. Los clubes de ahorro explican por qué a veces es sensato “perder en promedio”, pero en las cifras millonarias eso no parece suceder.
Históricamente, acumular dinero siempre implicó dejar de apostar. Sin embargo, pareciera que en el mundo actual solo nos contentan las grandes fortunas, y queremos seguir apostando hasta obtenerlas. Algo sucedió en el medio.
Volverse rico rápido
Hace veinte años, un empleado en Argentina podía vivir bien. Era común comprar un auto, electrodomésticos, comer asado y hacer algunos viajes. Más allá de todo lo material, era frecuente y esperable tener vida social: juntarse a comer pizza, ir al cine, pasar tiempo con amigos y disfrutar.
En la actualidad, cada vez más empleados viven endeudados. La mayoría de quienes llegan a fin de mes trabajan todo el día para cubrir gastos. En el mínimo tiempo de ocio restante, gana el cansancio (o, a veces, uno tiene energía pero sus amigos no). En esa situación, ganar 100 dólares en una apuesta puede ser una bocanada de aire fresco, pero al día siguiente tenés que volver a trabajar, y los problemas seguirán siendo esencialmente los mismos. El deseo máximo actual es escapar de un sistema que no ofrece una vida deseable. El problema es que conseguir la “libertad financiera” para librarse de ese camino requiere varios miles de dólares.
El problema se agrava porque gran parte de la vida social pasa por las redes sociales, donde triunfan los más exitosos. Las redes muestran más a los que viajan, los que salen, los que disfrutan, los más ricos. Cuando toda la atención, el aprecio y el atractivo van a los más exitosos, la diferencia entre tener ese éxito y no tenerlo es prácticamente absoluta. En el extremo, es la diferencia entre tener vida social y no tenerla.
Para muchos, el problema ya no es cubrir necesidades básicas como el alimento, la vivienda, la salud o la higiene. Una vez que cubriste las necesidades básicas, el dinero sirve para cubrir necesidades simbólicas y sociales. El problema es que si te la pasás en redes donde la única manera de ser alguien es tener una mansión y viajar en yate, acumular dinero más allá de las necesidades básicas no sirve de nada hasta poder comprar el yate y la mansión. El resto es lo mismo que cero.
A partir de cierta concentración de poder, la economía se acerca a un juego donde el ganador se lleva todo. A nivel social, sucede lo mismo cuando las redes sociales concentran toda la atención en pocos influencers. Hace algunas semanas, usé el ejemplo de una carrera donde el ganador se lleva todo el premio y el resto nada para interpretar la crisis de motivación. En ese escenario, si quedás muy atrás y no tenés probabilidades de salir primero, no vale la pena seguir intentando porque el premio será cero sin importarar cuánto corras.
Ahora imaginemos que, en el mismo escenario, nos ofrecen presionar un botón que nos hace aparecer en alguna posición de la carrera, al azar. Podríamos aparecer primeros, pero también últimos o en la mitad. Ya nos habíamos rendido porque no teníamos probabilidades de ganar, así que no perdemos nada en presionar el botón. Lo peor que puede pasar es quedar últimos, en cuyo caso el premio seguirá siendo cero. En el mejor de los casos, conseguiremos la victoria, algo que antes era imposible pero el botón lo volvió posible. Dado que el ganador se lleva todo, presionar el botón tiene sentido para cualquiera que esté atrás.
Más aún, incluso si uno supiera que el juego implica perder posición en promedio, porque tiene más probabilidades de llevarnos atrás de todo que al primer lugar, igual conviene apretarlo. Aumentar un poco las probabilidades de ser el primero es la única forma de ganar algo, y quedar atrás es lo mismo que nada. Una vez que las necesidades básicas están cubiertas, el juego económico y social se parece cada vez más al escenario de la carrera donde el ganador se lleva todo. Cuando trabajar quita todo el tiempo libre, la única forma de conseguirlo es ganando la libertad de renunciar. En las redes, la única forma de conseguir el aprecio que muchos buscan es sacar el gran premio para tener el yate y la mansión.
Los clubes de ahorro muestran que apostar tiene sentido incluso cuando en promedio implica perder, siempre que el dinero acumulado rinda más. Históricamente, esto sucedía en la pobreza pero no con las fortunas. Sin embargo, a medida que la sociedad se convirtió en un juego donde el ganador se lleva todo, el uso social del dinero requiere acumulaciones cada vez mayores, lo cual genera un ecosistema donde para muchos, especialmente adolescentes, la opción más sensata es el juego.
Juegos de azar en todos lados
La manía por el dinero fácil viene hace tiempo. En 2022 detuvieron al líder del esquema Ponzi Generación Zoe. En 2024, se calcula que la estafa piramidal Rainbowex afectó a un tercio de la ciudad de San Pedro. En 2025, el presidente de la Argentina promocionó una estafa vinculada a la criptomoneda Libra. Muchos participantes toman estas estafas como apuestas, como si fueran una burbuja financiera: saben que va a explotar, pero apuestan a enriquecerse y salvarse antes.
Actualmente, las plataformas de apuestas online batallan por la supremacía. La competencia es atroz, porque las casas con más usuarios pueden ofrecer hacer apuestas más extravagantes. Apostar por que haya un gol antes de los dos minutos, o apostar que haya tres goles, dos amarillas y un travesaño, permite ganar mucho dinero a quienes aciertan. Las casas de apuestas más grandes juntan premios mayores, reducen sus riesgos y ofrecen oportunidades de ganar mayores fortunas. A medida que la población busca fortunas mayores, las casas crecen para satisfacer esa demanda, lo cual lleva a una competencia voraz por los usuarios que inunda cada minuto deportivo de publicidades de apuestas.
Durante las últimas semanas, observamos que la paulatina transformación de la sociedad en un juego donde el ganador se lleva todo llevó, al mismo tiempo, a la desmotivación de la mayoría, el frenesí maníaco de la minoría con probabilidades de ganar, y el auge de pseudociencias y religiones como formas de abandonar el juego.
En todos estos casos, el patrón es el mismo. El problema es más sistémico que individual, y las conductas sociales aparentemente absurdas tienen perfecto sentido dentro de un mundo que parece perderlo. Cuando el contexto lleva a apostar, perder la cabeza o desmotivarse, no hay concientización que mitigue la tendencia. Reconocer el origen social de estas tendencias es esencial para intervenir sobre la raíz del problema.
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Hola!
Soy Juan, escribí la nota de más arriba.
Es la cuarta nota de una serie que explica cómo varios fenómenos que nos rodean y asustan nacen de la misma raíz, la transformación de la sociedad en un juego donde el ganador se lleva todo. Las tres anteriores fueron sobre la crisis general de motivación, el frenesí maníaco por conquistar el éxito, y el auge del tierraplanismo junto a la muerte de las utopías.
Quiero recordarte dos noticias. La primera es que vamos a dar un curso en Cenital junto a Valentín Muro, sobre uso y abuso de la IA. Estamos muy entusiasmados y será una gran aventura. La idea es dar herramientas para pensar sobre la IA más que tirar datos.
La segunda es que saqué mi segundo ensayo, sobre por qué fracasaron las revoluciones socialistas y qué tendría que suceder para evitar ese problema. Vincula observaciones de Trotsky sobre la Rusia soviética con conceptos modernos de la teoría de la cooperación, para dar un marco científico a las propuestas y ofrecer una perspectiva superadora. Si te gusta lo que escribo acá, te lo recomiendo mucho. También te recomiendo el ensayo anterior, La Causa, que explica más profundamente cuál es la causa común detrás de las grandes crisis de la actualidad, y cómo enfrentarla.
Finalmente, si te interesa la teoría sobre el vínculo entre las loterías y las compañías de seguros, te recomiendo el trabajo de Ole Peters en “Ergodicity Economics”. Propone una teoría independiente de la teoría de las utilidades, basada en dinámicas multiplicativas del dinero, que unifica casos que el modelo de Friedman y Savage tomaba por separado.
Un abrazo grande,
Juan
PD: Me pregunto si la frase “buena suerte en el juego, mala suerte en el amor” nace de los efectos del juego sobre las finanzas de pareja. También, mientras escribía esto, me sorprendía de la cantidad de expresiones lunfardas asociadas a las apuestas, como “por una cabeza” o “pampa y la vía” (ambas, además, asociadas a la derrota).
En las apuestas, uno pierde dinero en promedio por diseño, mientras que en los clubes de ahorro esto sucede en forma accidental. En ambos casos, los participantes aceptan perder dinero en promedio por acceder a una suma concentrada.
Las compañías de seguros y los fondos de inversión, al igual que las casas de apuestas y algunos clubes de ahorro, también suelen quedarse con una tajada. En los seguros y los fondos de inversión, distribuir el dinero hace que rinda más, mientras que en el club de ahorro el dinero rinde más cuando se acumula. En ambos casos, el intermediario que aumenta el rendimiento del dinero aprovecha esa ventaja para extraer ganancias.
Una curiosidad teórica: la economía neoclásica se fundó usando la teoría de la utilidad marginal decreciente, que entre otras cosas reconocía que el dinero acumulado sirve cada vez menos. Una conclusión derivada de esa hipótesis es que repartir el dinero maximizaría el bienestar de la población, tal como lo vimos en los ejemplos anteriores. Para esquivar esa conclusión, los economistas reescribieron toda la teoría impidiendo que fuera posible comparar utilidades entre personas, mediante teorías mucho más complicadas sobre ordenamientos de preferencias. La reescritura es más incómoda en la práctica, pero está ahí por si a alguien se le ocurre distribuir la riqueza.
