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Mitos, leyendas y espíritu de las redes
Por qué existen el animismo y las teorías conspirativas
Hace unas semanas, a propósito del peso ético y social del heroísmo, hablamos de la paradoja de la atención: las personas damos especial importancia a lo infrecuente, y por eso nuestras explicaciones del mundo suelen tener como protagonistas fenómenos misteriosos, aparentemente incontrolables.
Las maneras que hemos encontrado de tratar con estos misterios son muchas, pero una de las más elocuentes es la tendencia a la animación de los fenómenos naturales en la antigüedad.
A imagen y semejanza
El animismo es la base de muchísimas religiones, desde la antigua Grecia hasta el sintoísmo en Japón. Una definición de mito es “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico”. Que las mitologías estén construidas en torno a figuras animadas no es algo obvio. La explicación del mundo a imagen y semejanza humana tiene causas y consecuencias que, igual que los mitos, exceden el tiempo histórico.
Durante millones de años, las personas hemos ido afinando incontables estrategias que ejecutamos a diario. Estas micro acciones son las que posibilitan nuestra comunicación no verbal, aquello que hoy llamamos intuición y que es tanto más viejo y más complejo que la lengua. Nuestra fisiología está adaptada para facilitar la comunicación con los otros. Un ejemplo clásico es la esclera visible (espacio blanco de los ojos), notoriamente grande en seres humanos y que nos permite saber en qué dirección está mirando alguien más o reconocer el contacto visual. Además, tenemos amplísimas posibilidades de expresión facial y manual en comparación con otros mamíferos.
A la par de estas capacidades de expresión, afinamos un sistema a medida para recibir y procesar señales de otras personas. Un fenómeno análogo es la pareidolia: la tendencia a ver rostros humanoides en objetos como un auto o un enchufe. Es fundamental para nuestra supervivencia reconocer rostros humanos, y la capacidad de hacerlo tiene como contracara sobreinterpretar algunas cosas. Lo importante es que no entendemos esas formas humanizadas a nuestra propia imagen y semejanza, sino a la imagen y semejanza de las otras personas que nos rodean. Los espejos se inventaron hace un par de días históricos (y la selfie, hace dos minutos).
Ver una cara en un enchufe es un poco como pensar en un dios de la lluvia. Podemos usar lo que Edmund Husserl llamó el problema de la intersubjetividad. Cuando vemos o interactuamos con otra persona cuyo cuerpo o comportamiento es similar al nuestro, proyectamos hacia ella nuestra propia experiencia consciente. En el caso concreto de una conversación, la lógica sería algo así como “yo tengo conciencia y hablo con coherencia, mi interlocutor habla con coherencia, por lo tanto tiene conciencia”. Hasta 2020, esta generalización era casi infalible. Luego vinieron los grandes modelos de lenguaje y empezamos a darle las gracias a una IA por miedo a herir sus sentimientos.
Entender lo complejo
La importancia particular de los mitos es que son la forma que tuvimos durante la mayor parte de nuestra historia de entender complejidades no humanas, como las dinámicas sociales o los fenómenos naturales. Los antiguos lo resolvieron echando mano de la intuición, pero los modernos fueron más caprichosos y creyeron haber superado con herramientas insuficientes (la razón) milenios de intuiciones colectivas1.
Este espíritu cientificista se puede encontrar hoy en discursos que descartan cualquier terapia que no esté basada en evidencia, con la astrología o el tarot como ejemplos paradigmáticos. Pero la evidencia pertenece al orden de lo formal, lo lingüísticamente comprobable. Los símbolos y los arquetipos no se leen racionalmente, y por eso tampoco son predictivos (aunque en la cultura popular sea común asociar la cartomancia a la adivinación). La claridad que nos puede proveer una lectura de tarot se asienta en dos bases intuitivas: el peso simbólico de las cartas y la comunicación, no necesariamente verbal, entre consultante y tarotista.
La sobreestimación de la razón se explica con la paradoja de la atención. Todos los días hacemos cosas, generamos opiniones y tomamos decisiones. Casi nada de eso pasa por nuestro pensamiento crítico. Sin embargo, somos muy hábiles dando razones si se nos piden. Este fenómeno se llama racionalización y ha sido muy estudiado en experimentos sobre sesgos cognitivos. Si me preguntas por qué defiendo el Tarot te puedo hablar de Jung, de la intuición y otras cosas más, pero quizá la respuesta más sencilla es que hace un par de años varios colegas y amigos leían las cartas, y yo también quise aprender. En este sentido, la racionalización es un fenómeno bastante parecido al pensamiento mítico. Racionalizar nuestras decisiones es asignar conciencia a los condicionamientos de la red humana sobre uno mismo.
Conciencia y voluntad
Es fácil identificar la asignación de conciencia a fenómenos naturales en tradiciones animistas y politeístas, pero eso no significa que estén ausentes en el monoteísmo. En el mundo cristiano, la voluntad divina suele insertarse en la relación del individuo con su comunidad. El cielo y el infierno son extensiones radicales de las posibles consecuencias de acciones en este mundo. Incluso el antídoto al infierno, el arrepentimiento, puede tener efectos claros en la redención de una persona con su comunidad. En ambos modelos religiosos esa conciencia divina implica una voluntad: es la voluntad de Zeus lanzar rayos, así como es voluntad divina el destino de las almas en la vida eterna.
La asociación directa de conciencia y voluntad nos trae problemas cuando usamos la intuición para explicar comportamientos o fenómenos sociales. Si asumimos, como lo hicieron los modernos, que el hombre es un animal racional y vemos la voluntad como marca humana característica, entonces es esperable que otorguemos voluntad a fenómenos humanos complejos.
En el libro Patrones: Economía para redes se argumenta que la teoría marxista y el liberalismo también tuvieron explicaciones voluntaristas de la economía porque no entendían las leyes que rigen la historia. Muchas realidades sociales injustas o nocivas son fenómenos que emergen de miles de acciones locales simples, y no un plan malvado oculto. Un ejemplo clásico de esto es el modelo de Schelling, que describe la segregación racial en Chicago.
En los últimos años hemos visto cómo brotan en internet decenas de teorías conspirativas sobre villanos sectarios, en lugar de entender las aceleradas crisis globales como el resultado esperable del modelo económico global imperante, donde no hay un solo culpable claro. Nunca antes tuvimos que explicar complejidades del calibre de una red humana globalizada.
Si bien hay jerarquías y liderazgos, pensar las crisis globales como resultado del plan de algunas personas es sobreestimar a las personas, y subestimar las fallas fundamentales del sistema.
Hola!
Soy Giovanna, escribí esta nota porque me interesa pensar las historias como manifestaciones de nuestros funcionamientos, y no como causas.
En este caso partimos de los mitos antiguos, pero también hay explicaciones el mundo modernas y contemporáneas que se pueden analizar rompiendo con lo que nosotros llamamos “discursivismo”, es decir, la trampa de dar protagonismo al discurso al momento de analizar el comportamiento.
Si te interesa este tema, te recomiendo mucho leer leer los textos de Juan y Mariano a los que hice referencia en la nota. También podes consultar el proyecto de los Cuadernos Networkistas; esta nota adelanta algunas de las ideas de El nexo: Los mitos y la red, quinto volumen (aún inédito) de la colección.
Por último te invito, si todavía no lo hiciste, a dejarnos un mensajito sobre por qué te gusta leernos en este formulario. Nos encantará leerte.
Te mando un abrazo.
Giovanna
Filosofía del Futuro
1 Kant decía que la ilustración era la adultez de la humanidad, pero parece cada vez más claro que ha sido nuestra adolescencia.
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